Este 30 de octubre la exposición Curare: Venenos, remedios y estrategias críticas, 1991-2010 concluyó su estancia en el vestíbulo Arkheia del MUAC. Durante poco más de cuatro meses, el público pudo acercarse a los planteamientos y contribuciones de una iniciativa clave no solo para la crítica de arte en México, campo que se vio nutrido a través de su boletín / revista, sino para otras áreas de campo profesional artístico, como la curaduría. La asociación retomó su nombre de la homofonía entre el término curare —palabra usada para describir a un tipo de veneno del Caribe capaz de paralizar— y curare, proveniente del latín, referente al acto de cuidar y que, en la lógica del proyecto, fue tomado “en su bárbara acepción anglosajona de conservar (obras de arte).”¹
Bajo la curaduría de Maco Sánchez Blanco y Jaime González Solís, la exposición mostró notas de periódico, fotografías, registros audiovisuales, números de la revista que Curare editó, e inclusive algunos elementos del mobiliario que se podía ver en una de las oficinas donde se desenvolvió el proyecto —materiales provenientes del enorme archivo que el proyecto amasó durante sus casi veinte años de existencia—, organizados por medio de núcleos e insertados en una línea cronológica clara que terminaba en una serie de videos, donde algunos de los integrantes del proyecto compartían sus puntos de vista sobre el origen de Curare, su gestión y el impacto que tuvo.

Si bien Curare fue un proyecto multifacético, su llegada al museo como exposición resultó interesante debido a que en muy pocas ocasiones la crítica de arte suele presentarse mediante este tipo de dispositivos de exhibición. Por ello, con justa razón alguien podría argumentar que el soporte expositivo ideal para una iniciativa como Curare es el ámbito editorial: en esas condiciones, el público puede conocer de manera directa e íntegra las discusiones que se desprenden de y en torno a un proyecto de crítica, por lo que ver el archivo documental como si se tratara de una obra no sería la mejor manera de aproximarse a un caso como éste. Sin embargo, a partir de esa reflexión es donde radica lo interesante de una muestra con estas características y nos hace preguntarnos qué es lo que se está exponiendo. Dicha interrogante es útil para aproximarse a la muestra por el doble cuestionamiento con la que carga: por una parte, uno como espectador elabora esta pregunta para darle un orden a todo el cúmulo de información desplegada, pero por otra, la duda nos permite indagar en eso que los documentos y su lógica curatorial dejan entrever —o quieren dejar ver.
Lo anterior es crucial para entender otra particularidad de la muestra debido a que, históricamente, la crítica de arte no es una práctica cuyos procesos, discusiones y elementos que conforman el día a día del oficio sean un asunto a la vista del público. Y quizás aún más importante que eso, la forma en la que la curaduría de esta exposición aborda las relaciones y tensiones dentro de Curare visibiliza que escribir crítica no es un asunto ni aislado ni unilateral: más allá de la mirada romántica, los diálogos y desacuerdos que ocurren antes de que alguien piense en sentarse a escribir algo son parte importante de los debates que más tarde podrá engendrar su trabajo. Las controversias que una reseña puede detonar son solo la punta del iceberg.
De vuelta al problema sobre las reflexiones que posibilita una exposición de este tipo, considero importante el ejercicio de memoria que se deriva de ella y que puede ser de gran ayuda para las próximas generaciones interesadas en comenzar su propia labor crítica. Esto no lo digo en el ánimo de sugerir que toda la producción de crítica de arte en los últimos años —y la que está gestándose— se desprende de Curare o cualquier otro proyecto de crítica en México: una generalización de ese calibre sería insulsa considerando la amplitud y diversidad de formaciones que pueden desembocar en una escritura capaz de articular discusiones. No obstante, revisar un caso como el de Curare es pertinente si pensamos en que su creación respondió a un contexto complejo y problemáticas específicas de las políticas culturales de los noventa y hasta 2010.
En ese sentido, el legado que Curare deja no es solo su archivo —que luego podrá consultarse en el Centro de Documentación Arkheia—, sino una consideración sobre lo importante que es seguir analizando lo que acontece en nuestro tiempo y pensar en qué tipo de diálogos podrían desarrollarse para hacerle frente. Si en algo podrían estar de acuerdo hasta los discursos críticos más antagónicos, es en eso.

A manera de conclusión, quisiera tocar una vieja herida que cada cierto tiempo se abre en el pequeño pero intenso campo del arte en México, misma que me llevó a abordar el tema de las hipotéticas nuevas generaciones de críticxs unos párrafos atrás.
A través de los años, específicamente en la década de 2010, no han sido pocas las veces en las que he leído o escuchado que en México no hay crítica de arte, o que ya murió y su lugar fue ocupado por una escritura condescendiente con las exposiciones o las obras: una forma de escribir que no pone en jaque o problematiza, denominada artwriting. Al respecto se han escrito varias columnas en periódicos, blogs o textos para el entorno académico; se han celebrado conversatorios, foros y simposios donde las posturas oscilan, por un lado, entre un “sí hay crítica de arte” —apoyándose en una mirada optimista sobre lo que pueden ofrecer las plataformas digitales—, y, por otro, en un cuestionamiento de las formas de producción de la crítica de arte en estas condiciones, pues la ausencia de “espacios tradicionales” para la publicación de la crítica, donde el autor pudiera recibir una remuneración, ya son escasos, volviendo insostenible económicamente una escritura crítica más lenta y procesada como en “los viejos tiempos”, la cual se ve opacada ante los cientos de comentarios o posts que se pueden hacer y circular en redes sociales.
Menciono este panorama porque, al reflexionar en las motivaciones de un proyecto como Curare, es más que evidente que las discusiones y la demanda de crítica de arte hoy obedece a cuestiones distintas. Pero si algo se puede retomar de Curare de cara a estos nuevos problemas es es la valoración de la crítica como el eslabón —ciertamente importante— de un proyecto más amplio y no como el centro de la discusión, o un elemento que se puede estudiar sin tomar en cuenta el conjunto al que pertenece.
Sé que va a ocurrir de nuevo: sé que en algún momento nos volveremos a preguntar por esa presencia o ausencia de la crítica de arte. Y no digo esto como una mera especulación: en la medida en que una de las piezas de la cadena cambia, el resto también lo hace, o se readapta de acuerdo a sus circunstancias. Si algo nos ha quedado claro en esta vuelta a la popularmente llamada “nueva normalidad” es que las dinámicas de producción de arte están cambiando —algo nada inaudito— y consecuentemente lo harán las formas de curarlas, de exhibirlas y, para el caso que nos ocupa en este texto, de escribir sobre ellas.
En ese futuro, lo más prudente será respirar y seguir adelante sin dejarse llevar por las ansiedades de esa duda: solo son los efectos secundarios de una práctica —un tanto venenosa— que llevamos a cabo con la esperanza de aliviarnos de ese mareo provocado por un contexto que nunca terminamos de comprender; reacciones adversas que, como nos muestra el caso de Curare, se volverán crónicas.²
¹ “Dogmas”, Curare, número 1, diciembre de 1991, citado por Daniel Montero en “Una farmacia mexicana,” ensayo compilado en Curare: Venenos, remedios y estrategias críticas, 1991-2010 (Colección Folios, MUAC-UNAM, 2022).
² crónico, ca
1. adj. Dicho de una enfermedad: larga.
2. adj. Dicho de una dolencia: habitual.
3. adj. Que viene de tiempo atrás.
4. m. crónica.
5. f. Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos.
6. f. Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad.
Imagen Principal: Vista de la exhibición. Tomada del sitio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo. Fotografía por Oliver Santana
Manuel Guerrero. Es licenciado en Artes Visuales con Mención Honorífica por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido, Japón y España. A la par de su trabajo plástico, escribe para varias publicaciones dedicadas a la reseña y crítica de arte, además de impartir cursos sobre temas afines a sus líneas de investigación, como el arte sonoro, las relaciones entre arte y capitalismo y la historia de la crítica. Dentro de su labor en la difusión del arte, ha participado en mesas de debate organizadas por instituciones como el Centro Cultural de España en México, ferias de arte como TRÁMITE, o la Escuela de Artes de la Universidad de El Salvador. Fue jefe de redacción en Revista Código y actualmente estudia la maestría en Historia del Arte, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Un comentario en “Sobre la crítica de arte en México y otros malestares crónicos: Curare: Venenos, remedios y estrategias críticas, 1991-2010 en el MUAC”