
Al revisar la primera serie que Manuel Parra hizo pública, Él desnudo (2014), reconozco algunas constantes que han sustentado su desarrollo artístico durante casi una década. Ahí están los hilos que desbordan el soporte del bordado y se ofrecen cual extensiones del pelo y del vello facial. Es claro que la barba, así como el vello que crece con abundancia en otras áreas del cuerpo, es considerado un atributo de la masculinidad en las configuraciones del cuerpo modeladas por el legado cultural Occidental en el tránsito del siglo XIX al XX, y de cuyo influjo es difícil sustraerse. El cuerpo del varón mexicano, al menos en las zonas Centro y Sureste, se caracteriza por la ausencia de lo hirsuto. Es entonces que se idealiza a través de exaltar su musculatura, contenida en una amplia gama de variedades tonales y pobremente descrita bajo el adjetivo moreno (palabra que es también sustantivo). La barba y el vello corporal resaltan en esos cuerpos lampiños, incluso se atesoran en quienes las poseen. Él desnudo nos participa de una fantasía de lo hipermasculino que recurre a estrategias y soluciones textiles, claramente asociadas al dominio de ese oficio, al igual que al trabajo doméstico. Un atajo desde el trabajo femenino para alimentar la imagen de lo varonil.
Las reflexiones sobre la masculinidad, a través de su representación fotográfica enriquecida con bordado y tejido de ganchillo, continuaron en su serie Madonnos (2015) y en la estupenda fotoinstalación Rosa y Mexicano. Pero es con La trenza (2016 – 2017) que el joven artista ingresa de lleno a la exploración de lo femenino familiar al vincularse a través del cabello y sus posibilidades textiles. En La trenza el pelo materno es sustancia y metáfora. Parra juega con los desplazamientos simbólicos y presenta el tejido de ganchillo como extensión del cuerpo que lo cobijó y parió. En una ruta simultánea, el pelo de la madre y su hijo son tejidos por el segundo en estructuras que abrazan el cuerpo por sus contornos para luego convertirse en proyecciones volumétricas aparejadas con materiales de construcción. La instalación Memoria familiar (2017) es el resultado de montar una extensa red cabellos afianzados en “castillos” para la construcción de una casa, así queda clara la importancia del cuerpo materno como estructura de soporte y fuerza clave en la edificación de un hogar, una matriz simbólica en la cual muchos mexicanos pueden reconocerse con relativa sencillez.


Si bien la presencia materna parece desbordada, la integración de materiales de construcción busca estrechar las distancias entre las configuraciones de lo masculino y lo femenino en el imaginario del artista. Es clara la polaridad formal que estriba en combinar materiales durables, esenciales para la industria de la construcción, con materiales flexibles de perdurabilidad inestable si no se les cuida y conserva en condiciones óptimas. La yuxtaposición de estas cualidades plásticas es el motor de Textere (2017 – 2019) un conjunto de esculturas en las cuales se busca un equilibrio entre materiales densos, duros, poco flexibles con fibras de origen vegetal, textil y humano. Las últimas provienen de la recuperación del pelo que naturalmente se desprende en el entorno doméstico de Manuel Parra. Una de estas obras destaca por su integración armónica: Anillos de compromiso (2019), en ella el pelo tejido, y un poco de hilo, se articulan en columna gracias al uso de anillos de acero, que usualmente se utilizan para afianzar las varillas y armar un “castillo”. Pero la columna flota, pende del techo y no se arraiga. Con esa solución escultórica el artista usa el precario equilibrio entra la fuerza de los cabellos en conjunto y el metal para señalar el duro trabajo de construir un patrimonio expresado materialmente en la autoconstrucción de la casa familiar, esfuerzo que se interrumpe constantemente por la cantidad de inversión requerida para lograr hacerlo habitable, tarea que en ocasiones nunca logra completarse. No todas las obras de Textere logran esa comunión. De hecho, a Parra le interesa dejar en claro que muchas de sus esculturas no solucionan las tensiones surgidas de la combinación de los materiales. Esto hace evidente el empeño involucrado en elaborar tejidos con alambre de acero que coexisten con el trabajo de ganchillo o emparedar un extenso crochet con cemento.


Recién el joven artista ha elegido trabajar con los cabellos de un modo intuitivo, menos programado. Esto es evidente en el libro de artista Las Moiras (2022), un álbum que contiene, por página, breves tramas elaboradas con ganchillo. Algunas son muy sencillas y otras plantean la base para un trabajo de mayores dimensiones a partir de cabellos. Esta colección de bocetos está planteada como un autorretrato en el que cada elemento representa un año de vida de su autor. La decisión de no darle a cada tejido una estructura clara, desnuda el proceso mismo del tejer, el cual sólo adquiere sentido a partir de su repetición organizada y su acumulación. Las Moiras exhibe el acto íntimo de usar fragmentos corporales para el trabajo del artista. El autor pudo desarrollar una narrativa explícita y alineada a un canon de lo autobiográfico pero decidió traducirla como un conjunto de dibujos, trazos orgánicos de un devenir constituido por la paradoja de articular representaciones con porciones del cuerpo, de tejer con lo humano que es también perecedero.



febrero del 2023 en Nextlicpac de Iztapalapa, Ciudad de México
Irving Domínguez: Es curador y colaborador de programas educativos de arte contemporáneo. Ha colaborado en revistas y publicaciones especializadas desde 1999. En 2022 cumplió 17 años de trayectoria curatorial. Ha curado exposiciones de arte contemporáneo para más de una docena de museos públicos, tanto adscritos al INBA como a instituciones culturales en el interior de la República. Ha presentado curadurías en los Estados de Guanajuato, Oaxaca, Nuevo León, Querétaro, Baja California y Michoacán. También ha realizado exposiciones para recintos culturales de la UNAM y la UAM. Su más reciente curaduría fue la muestra individual de Alberto Castro Leñero «Espacios radiantes, estructuras permeables» en el Museo de la Ciudad de México (Secretaría de Cultura de la Ciudad de México), 2022 – 2023. Ha sido curador invitado de la Galería Unión (2021) y de Art Space México (2019). Ha curado muestras individuales de los artistas Alberto Ibañez Cerda (2021), Daniela Edburg (2018 – 2021), Jesús Jiménez (2017), Cecilia Hurtado (2016) y Wojtek Ulrich (2013), entre otros. Ha desarrollado proyectos curatoriales junto con Amanda de la Garza, Víctor Palacios, Berta Kolteniuk y Annick Donkers. Ha fungido como jurado de la XII Bienal de Fotografía de Baja California (2022) y de la XVII Bienal de Fotografía (2016), convocada por el Centro de la Imagen, en la cual también se desempeñó como curador. Es coautor del libro «Alberto Flores Varela. Esplendor del retrato en estudio» (CONARTE, 2014). Textos críticos recientes se han incluidos en los libros: «Ludens. Obra 2005 – 2019» (Textofilia, 2019), «The Void. Wolfgang H. Scholz. Photography, Film, Performance & Installation» (Turner, 2019); y «La huella irracional» (FONCA, 2019). Ha publicado ensayos críticos en catálogos de exhibición, en memorias de festivales de fotografía y de diversos encuentros académicos. Recientemente ha contribuido con los portales especializados Obras de arte comentadas, Artishock, Terremoto y Código, así como para el diario La crónica de hoy.
Imagen principal: Ladrillo (textere)