“¿Por qué revisar a Lucio Fontana en el siglo XXI?” Esta es una pregunta que vino a mi mente al tener en mis manos y leer Conceptos de arte: Manifiestos, artículos, entrevistas, escritos y ocho cartas inéditas de Lucio Fontana, el nuevo libro de de la editorial Alias, realizado con el apoyo de la Fondazione Lucio Fontana y editado por Ángela Sanna, quien ha investigado de cerca la influencia de las vanguardias europeas en los movimientos artísticos del siglo XX.

Como el nombre lo indica, este libro reúne diversos documentos —algunos de ellos traducidos por primera vez al español y otros inéditos— escritos por el artista argentino-italiano, donde no solo habla de sus ideas en torno al futuro del arte y su proceso creativo, sino que brinda un panorama amplio sobre el trabajo de artistas contemporáneos a su práctica, como Piero Manzoni, Yves Klein, y de movimientos como el Espacialismo (del cual fue fundador), así como de la escena artística de su época.
Ahora bien, el cuestionamiento enunciado al inicio del párrafo anterior no guarda un tinte peyorativo, como si sugiriera que el trabajo de Fontana y sus posturas son obsoletas. Por el contrario, elaboré esa pregunta como una suerte de invitación a repensar el trabajo teórico realizado por el artista porque es pertinente denotar que, desde la publicación de su “Manifiesto blanco” (1946), se advierte un interés por romper con nuestra concepción de las artes e ir más allá de las disciplinas heredadas de las Bellas Artes y su génesis; algo que solo se podría lograr en la medida en que el arte se abriera a una reconcepción misma de la práctica artística a través de los desarrollos tecnológicos de la época y los que estaban por venir.
Con lo anterior en cuenta, no es extraño que Fontana comenzara su serie de “agujeros” en 1949: al incidir en el cuadro, el artista podía abrir un espacio en medio del cuadro para invitarnos a ver qué es lo que se esconde tras la imagen bidimensional —literal y metafóricamente hablando—. De esta manera, la supremacía del cuadro como motivo predilecto para la historia del arte queda resquebrajada: al confrontarnos con el vacío que subyace tras la imagen, Fontana permite abrir un espacio para otro tipo de formas de comprender el objeto artístico, donde la materialidad es solo una dimensión del mismo, pues el tiempo y el espacio son las variables que le brindan sentido a lo que el arte permite contemplar.

Si bien Fontana es especialmente reconocido por la serie aludida, cada texto presente en Conceptos de arte nos permite ver —como si se tratara de un cuadro mismo del autor— a través de la evidencia de la forma, pues esa serie es solo una de las aristas de un planteamiento estético más amplio. Como mencioné párrafos atrás, Fontana tenía un especial interés por desdoblar el proceso creativo al hacer parte de él las últimas novedades brindadas por la ciencia, y es gracias a esa expansión que surgen proyectos como Ambientes espaciales: lugares iluminados con luces de neón, cuyas lámparas están dispuestas en ciertos patrones y que actualmente podrían entenderse como precursoras de la instalación (de hecho, se han realizado exposiciones en la última década que recrean tales proyectos), aunque Fontana fue enfático en que el resultado de todas sus exploraciones nunca fue con el fin de concebir nuevos géneros o disciplinas: “Actualmente para mí no existen razones de pintura ni de escultura; mis búsquedas son para un arte que se debe renovar a través del medio”, dijo en una entrevista con Tristan Sauvage en 1957, incluida en este libro.
La mención al medio y la centralidad que este ocupó en la filosofía de Fontana es algo a destacar si tomamos en cuenta que gran parte de la reflexión por los medios en el arte —en la esfera internacional— está históricamente situada en la década de 1960, con movimientos como Fluxus y en los ensayos del artista Dick Higgins, a quien se le debe el desarrollo del concepto de intermedialidad para hablar de un tipo de arte capaz de dejar al margen la metodología creativa heredada de las artes plásticas (material-procedimiento-forma) y así poner al centro la intención creativa del artista, la cual se podía nutrir de cualquier tipo de campo de conocimiento o disciplina, haciendo a un lado la división de las artes arrastrada desde el Renacimiento.
En este sentido, el libro nos brinda una narrativa complementaria (si no es que alterna) a la perspectiva intermedial en el arte, pues en el ya aludido Manifiesto blanco de 1946, Fontana menciona explícitamente su deseo de pensar el arte en una dinámica unificada:
“La sociedad suprime la separación entre sus fuerzas y las integra en una sola fuerza mayor. La ciencia moderna se basa en la unificación progresiva entre sus elementos. (…) Concebimos la síntesis como una suma de elementos físicos: color, sonido, movimiento, tiempo, espacio, integrando una unidad físico-psíquica. Color, el elemento del espacio, sonido, el elemento del tiempo y el movimiento que se desarrolla en el tiempo y en el espacio son las formas fundamentales del arte nuevo, que contiene las cuatro dimensiones de la existencia. Tiempo y espacio”.
Ante tal fascinación por el despliegue tecnológico y la voluntad de concebir un tipo de arte capaz de acoplarse a las complejidades del mundo moderno, sumado su simpatía manifiesta por el movimiento futurista, es posible decir que en cada texto de Fontana existe un eco del espíritu vanguardista de inicios del siglo XX, que oblitera por completo cualquier tipo de vínculo con el arte y las técnicas de su pasado. Sin embargo, no hay que olvidar que la formación artística de este creador se dio en el campo de la escultura y, aunque es cierto que Fontana trató de distanciarse de las discusiones circundantes a la defensa de tradiciones, es notorio que gran parte de su planteamiento tanto creativo como teórico estuvo incentivado por el trabajo de otros escultores o pintores que cuestionaron las bases de sus respectivas disciplinas.

De esta forma, sus textos sobre cerámica y artistas de la escena italiana tienen sentido dentro de su búsqueda por un nuevo arte, pero lejos de que Fontana ocupe esas páginas para defender la especificidad de las disciplinas, las retoma como momentos para mostrar que su interés en el espacio no es un asunto individual, sino que es algo manifiesto y compartido por sus contemporáneos. En este sentido, su labor indirecta como crítico de arte nos permite sondear toda una reconversión estética. De esta aproximación es representativo el texto que le dedica a Remo Bianco en 1953, titulado “Aspectos de la pintura espacial de Remo Bianco”:
Los jóvenes pintores, hoy, liberándose cada vez más de las reglas gramaticales y estilísticas que habían asediado a la pintura y a la escultura en una rigidez académica, participan en las impaciencias de nuestro tiempo con nuevas investigaciones, galvanizados por los extraordinarios logros de la ciencia moderna.
Quiero cerrar este texto con la pregunta inicial: ¿Por qué revisar a Lucio Fontana en el siglo XXI? ¿De qué forma su interés crítico por el medio se relaciona con la cualidad intermedial de la práctica artística contemporánea? Si uno parte de la idea del medio como algo circunscrito al dominio de las tecnologías electrónicas y digitales, la pregunta resulta improductiva. Pero si pensamos en las reflexiones contenidas en Conceptos de arte como una forma de dar un paso atrás en las discusiones, dejando de pensar en el medio como un equivalente de sofisticación técnica por sí misma y más bien lo valoramos como un momento de ruptura social y cultural con cualquier tipo de mirada tradicional, es posible que nos encontremos con ideas sugerentes al respecto. Lo que Fontana nos propone es cuestionarnos algo un tanto evidente: ¿Cómo es que llegamos a convencernos (a nivel social y personal) de que las disciplinas convencionalmente asociadas al arte son las únicas rutas válidas, cuando toda tradición es algo que no viene dado, sino que se construye?
Como una respuesta indirecta y un cierre de este texto, considero que la siguiente anécdota de Fontana es pertinente:
Una vez, hace mucho tiempo, hice un cuadro de tema religioso y pinté a los ángeles sin alas. El sacerdote que me lo había comisionado me preguntó la razón. “¿Y por qué habría debido ponerlas? —le pregunté.” “Porque esa es la tradición —respondió.”
Y el primero que hizo los ángeles con alas, ¿qué tradición tenía?
(…) El cielo está por todas partes, no hay necesidad de alas.
Manuel Guerrero: Es maestro en Historia del Arte y licenciado en Artes Visuales por la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido, Japón y España. A la par de su trabajo plástico, escribe para varias publicaciones dedicadas a la reseña y crítica de arte, además de impartir cursos sobre temas afines a sus líneas de investigación, como el arte sonoro, las relaciones entre arte y capitalismo y la historia de la crítica. Dentro de su labor en la difusión del arte, ha participado en mesas de debate organizadas por instituciones como el Centro Cultural de España en México, ferias de arte como TRÁMITE, o la Escuela de Artes de la Universidad de El Salvador. Fue jefe de redacción en Revista Código.
Grazie di questo bel articolo su questo libro che ho avuto l’onore e il piacere di curare.
Angela Sanna