La vida tras el velo de lo cotidiano

Manuel Guerrero <3

Salir Adentro: Reflexiones a partir del encierro en La Nana, Laboratorio Urbano de Arte Comprometido


Hace unas semanas visité la exposición Salir Adentro: Reflexiones a partir del encierro, que se presenta en La Nana, Laboratorio Urbano de Arte Comprometido. En un sentido netamente formal, dicha exposición despliega una serie de imágenes creadas a través de técnicas como la gráfica, el dibujo y la fotografía, pero lo que distingue al planteamiento de la exposición es que las obras fueron creadas por habitantes de la colonia Guerrero en la Ciudad de México, provenientes de distintas formaciones, ocupaciones y edades.

En Salir adentro cada participante, independientemente de si contaba con alguna experiencia en las artes, visibilizó su experiencia sobre lo que significó estar en aislamiento: un tema sobre el que seguimos reflexionando a poco más de dos años de que iniciara la pandemia, respecto a qué implicaciones tendrá a largo plazo la situación que vivimos, pero que en el contexto de la exposición retoma un sentido particular al mostrar que el aislamiento no fue una opción para todos, pues algunos —ya sea por cuestiones laborales, económicas, sociales o todas a las vez— continuaron sus actividades pese a la vulnerabilidad que eso implicó. La participación de niños, jóvenes o adultos muestra al fenómeno en toda su complejidad, no solo por los recursos gráficos de los que se valieron de acuerdo con sus intereses y las reflexiones que los motivó, sino por cómo se intentó representar la idea del estar aislado: un asunto en el que en La Nana viene pensando desde hace un tiempo, ya que los talleres que posibilitaron Salir adentro se impartieron en el marco de otra exposición, titulada Lotería Canera, e integrada por obras realizadas por personas privadas de su libertad en el extinto Cereso de Ixcotel, Oaxaca.

Al visitar la exposición, fue difícil apartarme las imágenes, relatos y, en suma, toda la producción cultural que se ha generado por medio de redes sociales al respecto en estos años; posts de Instagram, hilos de Twitter y discusiones en Reddit que se distribuyen y comparten sin las limitaciones de la dimensión espacial, mismos que resuenan en diversas geografías: imaginarios que, al igual que las obras que podemos ver en Salir adentro, fueron realizadas por personas con distintos intereses, a veces sin la intención de que fueran compartidos más allá de su red de contactos.

Tal planteamiento me orilló a reflexionar en cuáles son las posibilidades que ofrecen los espacios de exhibición —y el arte mismo— ante este tipo de temas frente a los canales de difusión que tenemos actualmente.

Para responder a una pregunta de este calibre, es pertinente recuperar el sentido comunitario con el que se planteó una exposición como Salir adentro, en la que el arte en tanto producción objetual pasa a segundo plano para convertirse en un catalizador de conversaciones y preguntas. Tal apreciación del arte no es nueva si tomamos en cuenta discusiones adscritas al giro pedagógico en el arte contemporáneo, donde la colaboración entre la institución y el público es la materia de trabajo, pero que en el contexto de la exposición se vuelve clave al subrayar la particularidad que comparten los participantes del taller: habitantes y transeúntes que muestran un escenario más amplio de la vida que transcurre en esta parte del a Ciudad de México; puntos de vista que muchas veces contrastan con la imagen oficial, perfecta para los propósitos de la industria del turismo. En ese sentido, la perspectiva comunitaria que se articula el espacio expositivo es pertinente en la medida en que visibiliza la situación cotidiana: esa misma que, al ser recortada y abstraída en el espacio expositivo, se vuelve significativa y nos solicita una atención que perderíamos de vista en otras circunstancias.

Respecto a la idea de los talleres que, en buena medida, son el núcleo de la exposición, es comprensible que al hablar de ellos nos venga a la mente la imagen de un lugar en el que los individuos establecen un diálogo unidireccional entre ellos y lo que hacen, apenas considerando que los otros individuos con el que comparten el espacio se encuentran ahí con un propósito compartido. Y aquí precisamente es donde radica la aportación de la muestra: en la narrativa que precede a la exposición, el taller se vuelve un espacio para hilar la cuestión comunitaria perdida tras el encierro. Así, el taller se define no como un espacio de producción objetual, sino de producción de sentido, de pertenencia social y cultural, algo que la experiencia digital no pudo emular ni suplir por completo.

Si bien la propuesta que plantea La Nana con Salir Adentro  no es inédita ni puede verse —a primera vista— como una solución plausible para una infinidad de contextos, vale la pena resaltar el hecho de que este proyecto ha estado autocuestionándose y experimentando con metodologías para comprender los alcances y retos del trabajo comunitario a través del arte desde el 2009. En ese sentido la denominación de laboratorio no es gratuita, y el perfil de la exposición que nos ocupa es un eslabón dentro de un proyecto a largo plazo, que al mismo tiempo espejea los retos implícitos en el cruce entre arte y el trabajo comunitario. 

Más que pensar en el proceso y resultado de esta exposición como una panacea para una “nueva normalidad” que exige el retorno de una perspectiva comunitaria post-confinamiento, Salir adentro es una invitación a considerar las particularidades de las circunstancias sociales en las que nos desenvolvemos y preguntarnos si estamos perdiendo de vista algo tras el velo de lo cotidiano. 

En esa capacidad que tiene el espacio expositivo para concatenar sensibilidades dentro de un mismo lugar, y a partir de ello desarrollar objetos que den cuenta de tal encuentro, es donde es posible encontrar una respuesta a la pregunta sobre el potencial de los espacios de exhibición de cara a los contextos locales y frente a lo que ofrecen las plataformas digitales. Si bien las redes sociales nos permiten visibilizar lo que hacemos y entrar en contacto con una diversidad de personas con intereses similares, lo que revela la muestra que analizamos es que el espacio de exposición no es solo un lugar en el que se despliegan objetos con el único propósito de ser vistos y comentados: es también un dispositivo que guarda el potencial de crear, o de ser lugares propicios para la creación por la interacción que detona en los individuos. 


Manuel GuerreroEs licenciado en Artes Visuales con Mención Honorífica por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido, Japón y España. A la par de su trabajo plástico, escribe para varias publicaciones dedicadas a la reseña y crítica de arte, además de impartir cursos sobre temas afines a sus líneas de investigación, como el arte sonoro, las relaciones entre arte y capitalismo y la historia de la crítica. Dentro de su labor en la difusión del arte, ha participado en mesas de debate organizadas por instituciones como el Centro Cultural de España en México, ferias de arte como TRÁMITE, o la Escuela de Artes de la Universidad de El Salvador. Fue jefe de redacción en Revista Código y actualmente estudia la maestría en Historia del Arte, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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