Este proyecto curatorial busca hilvanar universos de cuidado y conexiones, con y desde nuestras comunidades y el ecosistema. Forma parte de La Red de Centros Culturales de España en Latinoamérica y Guinea Ecuatorial de la AECID, y fue presentado en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa (CCET). Bajo el título Derecho de vida. Ecofeminismo en español, el proyecto incluyó una serie de exposiciones, seminarios y talleres dedicados al ecofeminismo.
Once personas artistas hondureñas partieron de la voluntad de desarticular las formas tradicionales de hacer y pensar el arte, colaborando con activistas, académicas y mujeres de diversas comunidades para desarrollar procesos de investigación, experimentación y acción en torno al ecofeminismo. A lo largo del proyecto se llevaron a cabo distintos encuentros para dialogar y repensar la crisis ecológica desde una perspectiva de género, en un contexto marcado por la violencia contra las mujeres, el patriarcado y la corrupción como norma.
En estos espacios, el arte funcionó como catalizador para generar conciencia y propiciar el cambio, visibilizando la conexión entre mujeres, naturaleza, comunidad y sostenibilidad, así como su importancia. A partir de estas alianzas surgieron preguntas en torno a la desigualdad de género, la falta de oportunidades, la destrucción de la tierra y los territorios, y el cuerpo de las mujeres como primer territorio a defender; todo ello desde la reflexión: nuestros cuerpos-territorio como primer espacio de lucha y de cuidado.
Cada una de las participantes de la comunidad aportó no solo ideas o técnicas, sino también formas de ver y vivir la vida, desde sus experiencias personales y ancestrales, así como desde sus luchas constantes contra un sistema que busca silenciarlas y aniquilarlas. A través de relatos, talleres y espacios de convivencia, se generó una sinergia en la que las artistas aprendieron, dialogaron y experimentaron con diversas técnicas y saberes para propiciar una creación colectiva. En este proceso, las mujeres directamente afectadas por la destrucción ambiental se convirtieron en co-creadoras de las obras, deconstruyendo así las nociones coloniales de representación y autoría dentro del mundo del arte.
Esta metodología rompe con la noción del artista como figura solitaria y propone, en cambio, una práctica creativa profundamente comunitaria, donde la obra final es resultado de un diálogo constante. Las voces y experiencias locales se convierten en el entramado que da vida a cada pieza, desplazando el tradicional trabajo de estudio para centrarse en procesos artísticos construidos desde lo compartido y lo vivido en lo personal. Esto permite visibilizar la interdependencia entre la naturaleza y el cuerpo femenino, al tiempo que promueve una reflexión crítica y genera acciones transformadoras. Se destaca así el papel fundamental de la mujer en la organización de la lucha comunal, el cuerpo-territorio y el ecosistema como principales líneas de defensa de nuestras comunidades hondureñas: mujeres defensoras y protectoras de nuestros hogares, que están en la primera línea de batalla en las luchas y organizaciones comunitarias.

La amistad, la sororidad y el cuidado fueron los detonantes de este proyecto, que permitió releer las historias y experiencias de resistencia frente a los embates del extractivismo sobre los recursos naturales. También hizo posible imaginar formas de generar impacto y denuncia ante las atrocidades que vivimos día a día: la destrucción de nuestro entorno, la explotación de nuestros territorios. Pero, sobre todo, nos permitió realizar actos reparadores, reconectarnos con nuestras realidades y contar las historias verdaderas de mujeres que, desde distintos espacios —el trabajo, la calle, el arte, las aulas, el campo—, luchan por sus comunidades y por el derecho a vivir y existir con dignidad.
Por esta y muchas otras razones, no sorprende que en la historia del arte hondureño las mujeres hayamos sido sistemáticamente invisibilizadas. Nuestra presencia es casi nula: apenas se hacen apuntes sobre algunas artistas, y la participación de mujeres en exposiciones y encuentros, tanto nacionales como internacionales, sigue siendo escasa.
El título de este encuentro no es casualidad. Surge de una cita parafrástica en homenaje a la defensora Berta Cáceres, una mujer que dedicó su vida a la defensa del territorio y al derecho de los pueblos originarios de Honduras. Berta fue una destacada líder indígena lenca, cofundadora y coordinadora general del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH). Fue asesinada en 2016 por su oposición al proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, una represa internacional sobre el río Gualcarque, al occidente de Honduras. Este río, sagrado y vital para las comunidades nativas, fue el centro de una lucha que no solo sacudió al país, sino que también evidenció los riesgos que enfrentan quienes desafían los poderes oscuros de un sistema inestable y corrupto.
Berta no fue la única. Desde hace décadas, centenares de defensores y defensoras han sido asesinados por proteger la vida y los territorios. Entre ellas, Blanca Jeannette Kawas y Margarita Murillo, cuyos nombres también son símbolo de una lucha colectiva que no se detiene.

En un país devastado por la violencia y cada vez más amenazado por la crisis climática y la explotación desenfrenada de los recursos naturales, este proyecto propone una visión radicalmente distinta: una en la que la justicia ambiental y el trabajo de cuidado impulsado por las mujeres líderes de nuestras comunidades son inseparables, y donde ellas ocupan un lugar central en la construcción de un futuro más justo y sostenible.
Este proyecto es un acto de resistencia, pero también de amor: hacia nosotras mismas, nuestras comunidades y, sobre todo, hacia la tierra que nos sostiene. Cada una de las piezas es un contenedor de historias, pues lleva consigo una parte de esas heroínas que se mantienen firmes en la lucha, reclamando su lugar, su voz y su dignidad.
Un ejemplo de esto es Soluciones basadas en la naturaleza (2024), de Dariana Torres, quien trabajó en colaboración con el Colectivo de Mujeres para la Resignificación de las Técnicas Tradicionales y Ancestrales de Construcción. La artista convocó a compañeras de diferentes comunidades como la Aldea Suyapa, Los Laureles, Francisco Morazán y Nueva Capital, colonias y barrios de la capital hondureña reconocidos por sus altos índices de violencia. Torres dejó de lado estos y otros prejuicios para trabajar junto a colectivos y organizaciones sociales lideradas por mujeres, interesadas en rescatar y resignificar técnicas ancestrales de construcción y en preservar conocimientos heredados.

Este proyecto se convierte así en una forma de resistencia frente a las fuerzas oscuras de las grandes inmobiliarias, que han intentado silenciar la importancia de conservar las viviendas tradicionales de nuestras comunidades. La propuesta emerge como una iniciativa autogestiva de bioconstrucción comunitaria liderada por mujeres, actuando como un acto de oposición directa a los megaproyectos de construcción y a las cementeras que, sin respeto alguno, devastan los recursos naturales y ponen en riesgo la vida de las comunidades.
En esta misma línea, Lara Bohórquez presenta Extractos y abismo (2024), una obra realizada en colaboración con mujeres de la organización Alternativa de Reivindicación Comunitaria y Ambientalista de Honduras (ARCAH). Juntas desarrollaron un ejercicio de intervención política basado en la premisa “el cuerpo es el primer territorio de resistencia”. La artista lideró e invitó a sus aliadas a crear un bordado colectivo, un acto de creación que no solo simboliza la resiliencia, sino que también repara y reinscribe las historias de lucha y resistencia de estas mujeres como un gesto de insurgencia colectiva.
Al emplear el bordado —una técnica artesanal históricamente relegada al ámbito doméstico y femenino—, Bohórquez y sus compañeras recuperan y resignifican sus cuerpos, su posición como mujeres y sus luchas. Este proceso de bordar juntas se convierte en un acto de sanación y una forma de narrar sus historias, donde cada puntada refuerza la conexión entre las luchas personales y comunitarias frente a las fuerzas del neocolonialismo y la violencia de género. A través de esta obra, Bohórquez articula una crítica al poder hegemónico, mientras visibiliza y empodera las narrativas de las mujeres que continúan defendiendo sus territorios y sus vidas.
Por otro lado, Luz De Solzireé Baca presentó Memorias de Cedeño, un proyecto que apuesta por la recopilación de testimonios. A través de un trabajo colectivo y de campo, realizó una investigación junto a mujeres agricultoras, pescadoras, tortugueras, comerciantes, amas de casa, madres solteras y activistas comunitarias de la zona sur del país. Luz indaga, pregunta, platica, escarba y archiva estos relatos, que se transforman en guías y banderas para las luchas presentes y futuras de las comunidades.

Cedeño es una comunidad del departamento de Choluteca, ubicada en el sur de Honduras. Este pequeño poblado está desapareciendo, víctima del cambio climático, el narcotráfico y el extractivismo, que amenazan con borrar a sus habitantes de forma veloz y alarmante. Solzireé utiliza este proyecto como altoparlante para denunciar ante el gobierno, las autoridades, la vida y el mundo entero el trabajo incansable de las mujeres que habitan las costas del Pacífico sur hondureño. Mujeres que son madres y padres, comerciantes, educadoras, chamanas, cocineras, psicólogas, fisioterapeutas —muchas de ellas sin educación formal en dichas áreas, al menos desde la lógica occidental—, pero que en su cotidianidad se convierten en verdaderas “todólogas”: mujeres orquesta que tocan y ejecutan todos los instrumentos de la vida.
Esta obra es un conjunto de testimonios inmediatos, archivos y registros: un archivo viviente que ofrece una perspectiva íntima y personal sobre la lucha de estas mujeres, cuya subsistencia depende de la pesca artesanal. Va más allá de un simple registro documental; se convierte en un acto de reconocimiento y valorización del trabajo invisible que sostienen, subrayando su resiliencia y su papel crucial en la sostenibilidad de sus familias y comunidades.
En Voces del río, Luna Flores utiliza su cuerpo y elementos de la naturaleza —flores, tierra y agua— como herramientas para denunciar y hacer un llamado urgente a la acción. Este performance es un homenaje a las defensoras del medio ambiente que han enfrentado, y continúan enfrentando, acoso, violaciones, detenciones ilegales e incluso el asesinato por su lucha en la protección de los ecosistemas. Es también un reconocimiento a todos los seres ancestrales, guardianas y guardianes de la naturaleza, que han entregado sus vidas en defensa del territorio.
En el video performance, Flores visibiliza la alarmante degradación ambiental, marcada por la contaminación de ríos, cuencas y mares, así como por la devastación de los bosques, la construcción indiscriminada de hidroeléctricas y la privatización del agua. A través de su cuerpo y su gesto, denuncia las graves repercusiones de estas acciones sobre los ecosistemas y las comunidades que dependen de ellos.

En Ama-manto (2024), Dina Lagos realizó un performance en dos actos. El primero se llevó a cabo en el Parque La Leona, ubicado en la zona donde reside la artista. Lagos caminó por el parque cargando en sus manos una bola de barro negro con mechones de su propio cabello incrustados. Al llegar a un lugar específico —donde la esperaban invitadas e invitados previamente convocados—, compartió con ellxs el relato del abuso y la violencia que vivió antes y después de ser madre: insultos, fobias, denigración y discriminación. Mientras contaba su historia, invitó al público a tomar un pedazo del barro y modelar un corazón, que luego serían enterrados.
La artista también modeló su propio corazón, lo enterró y lo amamantó, regándolo con su leche materna, extraída directamente de sus senos. Este gesto simbólico encarna un acto de reparación y sanación. La acción nos lleva a reflexionar sobre la urgencia de retornar a prácticas respetuosas y amorosas con la tierra y con todos los seres que la habitan. Es un gesto desde lo maternal, una invitación a reconocer que como humanidad poseemos la capacidad de cuidarnos y cuidar.

En el segundo acto, presentado en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa (CCET), la artista mostró el registro audiovisual del primer acto, al que integró una pieza sonora en dos canales: en uno se escucha el latido real del corazón de su hijo Darío; en el otro, la voz de Dina repitiendo una y otra vez los insultos y preguntas fuera de lugar que ha recibido y continúa recibiendo. Las voces se superponen capa sobre capa hasta transformarse en un ruido abrumador, una pesadilla sonora.
Este trabajo nos insta a reimaginar y reconstruir relaciones más equitativas, donde las identidades locales —particularmente las de las mujeres— puedan reconectarse con el respeto, la dignidad y la sostenibilidad global.
¿Hasta cuándo? es un video realizado por Sue Montoya, artista de la diáspora hondureña que nació, creció y estudió en Estados Unidos, y actualmente vive y trabaja entre ese país y México. En esta obra, Montoya explora la historia y la industria de la trementina en Gainesville, Florida, y su conexión con el proyecto maderero extractivista en Honduras. A través del discurso de Berta Cáceres, la artista articula historias de explotación, resistencia y lucha por la justicia ambiental.
Montoya reflexiona sobre la tala brutal de nuestros ecosistemas y sus consecuencias, superponiendo fotografías, textos, grabaciones de campo y poemas ecofeministas para denunciar los sistemas de poder que extraen, explotan y desplazan a comunidades enteras de sus territorios. La pieza se construye a partir de interrogantes personales y colectivos: ¿Hasta cuándo estoy aquí? ¿Hasta cuándo estaremos aquí? ¿Hasta cuándo se acordarán? ¿Hasta cuándo durará esto?
En Tejer–Destejer (2024), Melissa Pastrana presentó un proyecto multidisciplinario que incluye tejido, objetos y performance. La artista emplea estos elementos como herramientas críticas, como armas simbólicas para desafiar las narrativas dominantes y proponer un nuevo paradigma de lucha y resistencia.


Pastrana convocó a un grupo de mujeres —artistas, madres, activistas y líderes comunitarias— e impulsó la creación de un bordado colectivo. Con ello, no solo busca simbolizar la unión y la fuerza comunitaria, sino también proponer nuevas formas de sanar las heridas infligidas por los sistemas opresivos. En el segundo acto, presentó un performance en el CCET, donde destruyó todo lo previamente realizado. Las y los espectadores fueron testigos de la destrucción de horas de trabajo exhaustivo y del silenciamiento de las memorias contenidas en el tejido. Esta obra nos confronta con preguntas dolorosas: ¿Qué tan frágiles son nuestras comunidades, sus resistencias y sus luchas? ¿Hasta qué punto pueden sobrevivir frente a las grandes corporaciones extractivistas? ¿Son tan frágiles como un hilo?
Catta Matute presentó Herida continua, una obra construida a partir de elementos íntimos y familiares, memorias, objetos, bordados y pigmentos naturales. A través de estos materiales, teje una narrativa cargada de fragilidad y desamparo, que sin embargo se alza como un símbolo de resistencia. Matute nos comparte su historia familiar, cercenada por la violencia —como tantas otras historias de mujeres hondureñas—. La fibra natural, los pigmentos y los retazos de tela evocan vulnerabilidad, pero también nos invitan a pensar en el autocuidado como una práctica profundamente vinculada con el cuidado de la tierra, nuestras ancestras y sus legados.

En Casa A-MA-RI-LLA, Motyko Morales presenta un video collage que recorre hitos históricos de Honduras: desde la colonización e invasión española, el criollismo, los enclaves bananeros, hasta las relaciones internacionales corruptas del presente. Utiliza imágenes e información de archivo que conectan el pasado con un presente atravesado por el extractivismo, el lavado de dinero, las ZEDES, el golpe de Estado, la violación de derechos humanos y los desplazamientos forzados. Morales recurre al humor negro como estrategia crítica para denunciar la maquinaria brutal del capitalismo y la corrupción. En su video también incorpora viñetas e imágenes contemporáneas con una estética pop que tensiona la frontera entre denuncia y espectáculo.

Massiel Reyes presentó Sentipensar, una pieza que invita a reflexionar sobre la dualidad del ser humano en su relación con la naturaleza, donde los ciclos de vida están en constante entrelazamiento. A través de esta obra, el público es invitado a reconocerse no como un individuo aislado, sino como parte de un ecosistema más amplio, donde la interconexión entre todos los seres vivos resulta esencial.
En la serie Naturaleza Cyborg, Li Vallejo presenta xilograbados sobre papel artesanal de fibra de papaya y de espada de São Jorge —planta de protección—, producidos como un ejercicio colectivo entre la artistx y su madre. Las visualidades y especies bio-ilógicas y botánicas que aparecen en estas obras proponen una Naturaleza Cyborg que compone un paisaje decolonial, contra-cistémico y no humano. Son xilograbados sobre papieles vivas, superficies orgánicas hechas con plantas migrantes. Este proyecto es una invitación al diálogo: a imaginar otras vidas y formas de relación posibles, simbióticas, no competitivas, interespecie y contracivilizatorias.
Somos las surgidas de la tierra, el agua y el maíz: las custodias de los ríos. Miradas desde lo comunitario. Ecofeminismo en Honduras es un proyecto que busca reimaginarnos y reconocer la importancia de la producción cultural y las resistencias locales. Sugiere que un futuro más justo y sostenible es posible si integramos el arte, las luchas y los saberes colectivos en nuestra visión del mundo.
Karon Sabrina Corrales Quiñonez (Tegucigalpa, Honduras). Gestora cultural y curadora
independiente. En 2016, cofundó junto al artista y curador Leonardo González la iniciativa LL Proyectos, una plataforma independiente de arte contemporáneo dedicada a fomentar el diálogo crítico y la experimentación artística en Honduras. Recientemente ha sido acreedora de la beca Cultural & Artistic Responses to the Environmental Crisis (CAREC), por el Prince Claus Fund, Países Bajos. Fue gestora cultural del Museo del Hombre Hondureño y el Centro Cultural de España. En el 2021 formó parte del Digital Young Curators Academy de la 5th Berliner Herbstsalon Maxim Gorki Theatre, y la 12th edición de la Berlin Biennale Curators Workshop, Berlin, Alemania. Ha realizado diversos proyectos colaborativos y formado parte de diversos proyectos en Centroamérica, Nueva York, Washington, U.S.A, Berlín y Bogotá. A través de su trabajo, contribuye a iniciativas que conectan prácticas artísticas locales e internacionales, promoviendo una vinculación más profunda con las comunidades en Honduras y en el sur global.
Imágen principal: Voces del río, 2024. Luna Flores. Centro Cultural de España en Tegucigalpa. Imagen cortesía de la artista