Ungraspables: entre el error, lo extraño y la contradicción

A lo largo del tiempo las exposiciones relativas a lo LGBTTTIQ+ han evolucionado de estrategias basadas en la visibilidad y la representación afirmativa, hacia enfoques influenciados por la teoría queer donde se privilegia la complejidad, la contradicción y la inestabilidad. Ungraspables, curada por Juan Betancurth, es una exposición colectiva que reúne a 17 artistas y explora, desde la noción de lo queer, lo que entendemos por diversidad, identidad, inclusión, género y cuerpo. La muestra se exhibe actualmente en el Centro Colombo Americano de Bogotá, e invita al público a una experiencia activa en donde la diferencia, lo extraño y el error operan como fuerzas productivas. Tuve la oportunidad de conversar con el curador de la muestra, y antes de entrar de lleno a la exposición, resulta fundamental detenerse a reflexionar sobre qué es lo queer.


Para Juan Betancurth lo queer no es una categoría fija ni una identidad delimitada, es “un territorio que pertenece a aquellas identidades que creen en el derecho de ejercerse a sí mismas, y aceptan que el ejercicio del otro es posible y respetable”. Esta definición, más afectiva y relacional que teórica o confrontativa, podría parecer en extremo laxa, incluso dentro de los marcos de la teoría queer que en muchos casos se articula desde críticas estructurales rigurosas al género, la normatividad o los regímenes de representación. Sin embargo, es precisamente esa apertura la que permite que el desacuerdo, la ambigüedad y la contradicción se conviertan en ejes de este proyecto curatorial. Al no imponer una narrativa única ni establecer límites sobre lo que puede entrar en la categoría queer, se habilita un espacio donde la premisa es que lo disonante y lo incompatible no solo conviven, sino que generan sentido a través de la fricción y la contradicción.

El proyecto parte de una crítica a las nociones de lo “normal”, lo legible y lo institucionalmente aceptado. Incluso llega a problematizar el paradigma de lo “incluyente”, entendido no como apertura genuina, sino como un dispositivo que en muchos casos reproduce nuevas formas de regulación social y cultural. Esto se traduce en la pluralidad de lxs artistas seleccionados para la muestra que, al variar tanto en orígenes como en contextos y trayectorias, encarnan diversos lugares de enunciación dentro de lo queer. Así, el diálogo en el espacio se vuelve más atractivo: propone una serie de encuentros donde las fricciones, los gestos contradictorios y las distintas maneras de ejercer identidad aprenden a convivir aún sin llegar a resolverse en unidad.

Instalación artística compuesta por tres paneles en el suelo con imágenes provocativas de cuerpos desnudos, mostrando partes del cuerpo humano y conectados por cables eléctricos.
Mi coño mis reglas. Nadia Granados

Las piezas se articulan desde registros formales y políticos distintos donde no hay una lógica de representación identitaria ni una narrativa curatorial explícita. Algunas como Mi coño mis reglas de Nadia Granados o Desencarnándome las uñas con Marina Abramovic de Hetera Friné, confrontan directamente los discursos de poder sobre el cuerpo, el género y la representación, operando desde una crítica encarnada que subvierte tanto el canon del arte contemporáneo como las formas normativas de visibilidad. Otras, como QBBK de Laura Campaz o Sin título de Faber Franco, trabajan desde lo abstracto, generando pausas, desplazamientos y zonas de indeterminación que complejizan la lectura del conjunto. Incluso hay piezas, como las fotografías de miembros de la comunidad LGBTTIQ+ de Benjamin Fredrickson, que apuntan a lo documental, pero honran la valentía, la liberación y la belleza. 

Se puede decir que la exposición se vuelve un rompecabezas de retazos que adquieren sentido al entrelazarse, pero se mantienen siempre abiertos a la mutabilidad y al desplazamiento, resonando con la amplia trayectoria como artista de Betancurth. Hay una lógica de ensamblaje orgánico donde la curaduría no organiza un discurso sino que habilita un campo de relaciones posibles. La coreografía del público se plantea como parte del dispositivo curatorial donde el recorrido no sigue una secuencia lineal ni jerárquica, sino que invita a una lectura no dirigida donde el espectador establece sus propios vínculos entre —y con—  las piezas. Esta estrategia, aunque un tanto disruptiva, me parece necesaria: se desactiva la expectativa de una narrativa curatorial cerrada y se favorece una experiencia más situada donde el cuerpo del espectador se convierte en un operador de sentido. 

De esta manera se propone una experiencia donde el espacio, al interactuar con las piezas y el público, co-crea interpretaciones, sensibilidades y percepciones; se concibe como un agente activo en la configuración relacional del conjunto, otro protagonista a tomar en cuenta, sin intervenirlo a su conveniencia. Se habilita así un tipo de diálogo espacial en el que las obras no solo se insertan, sino que se adaptan, se contaminan y se reformulan en función de los afectos que circulan en la sala. Así, las relaciones curatoriales no se estructuran de manera anticipada sino que emergen en el contacto, provocando desplazamientos críticos que amplifican las posibilidades interpretativas del conjunto.

A piece of art displayed at a gallery, featuring a colorful beaded curtain with the words 'QUEER BLACK BITCH KILLA' prominently displayed in yellow against a pink background.
Laura Campaz

Podría decir que la exposición habla sí de la experiencia queer, pero lo encarna como hecho curatorial en una reflexión sobre cómo existir en la contradicción para ponerse en territorios que simbolizan lo claro-oscuro, lo caótico, el error. No presenta algo fijo ni una representación del éxito, sino algo real, cambiante y en constante diálogo. Es un semillero del que brotan relaciones, archivos e incluso estancias artísticas. Lo queer se plantea entonces como práctica en movimiento, como archivo afectivo y como forma de relación. Algo ejercido, no representado.



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