“No quiero producir una obra de arte en la que el público pueda sentarse a succionar estéticamente… Quiero darles un golpe en la espina dorsal, quemar su indiferencia, sobresaltarlos hasta acabar con su autocomplacencia”. Ingmar Berman
Hace unos meses asesinaron a un amigo del bachillerato, una noticia que nadie espera recibir. Desde ese día la frustración y los cuestionamientos me invadieron. Siempre vi a la violencia como algo lejano que jamás me alcanzaría, y vivía con la esperanza de que la empatía llegaría a mí después de leer teoría y asistir meticulosamente a marchas, conversatorios y exposiciones sobre movilización social. Lo cierto es que cuando vi a mis viejos amigos cargar el féretro, nada de lo que había leído me permitía entender qué había ocurrido, brincaban una y otra vez varias preguntas: ¿qué toca hacer ahora?, ¿para qué existe el arte si no es para mostrar el horror del mundo y hacernos más sensibles a él?, ¿qué puedo hacer desde una práctica que en este momento parece inutil en la vida real? ¿acaso solo estoy jugando al activismo? El mundo exterior, por primera vez, sentía que me consumía.
Justo después de este suceso me di cuenta que jamás me había detenido a preguntarme, ¿qué estoy haciendo (o el arte) para que todo sea diferente? En un mundo como éste que se encuentra tan roto y estéril. De alguna manera vivía pregonando una visión, según yo, muy clara sobre el arte contemporáneo y del espacio de donde provengo (Oaxaca), pero sin darme cuenta, formo parte de este cúmulo de insensibilidad, y quizá el arte, o cualquier práctica académica, corre el riesgo de ser funcional al sistema y distante del dolor de otras personas, de hacer que nuestra voz sea la única que resuene, antes de intentar empatizar con el otro. Parecería que lo único que importa es un Yo y nada más.
Varias veces me habían dicho que tenía que esperar “mi suceso”, ese momento “mágico” que me haría decidir cuál era el rumbo del arte para mí, en la esencia personal más que en algo profesional. El arte contemporáneo llegó más como una necedad que una decisión contundente o un deseo por ser artista, pero de lo que estaba segura era que tenía la necesidad de mostrar mi voz frente a los sucesos del mundo. Muchos tuvimos el privilegio de tener acceso a todo lo que parecía requisito para una formación artística, tantos talleres y charlas de la mano del maestro Toledo en las instituciones, espacios que propiciaban todo el tiempo exposiciones y artistas importantes, y que hicieron de mí alguien que deseaba devorarlo todo a pasos agigantados.
En contraparte, ahora percibo una desconexión entre el gremio del arte, las instituciones, los espacios independientes, el espectador y el contexto social actual. No está de más aclarar que sé que cada artista genera su propio lenguaje de acuerdo a sus intereses y que es esto lo que nos muestran pero, ¿seguiremos sumergidos en la nostalgia noventera? Y es que veo una tendencia con los de mi generación por usar los videojuegos, las caricaturas y la estética kitsch repetida una y otra vez, ¿acaso hemos perdido la posibilidad de mostrar la realidad de manera cruda (o nuestra forma de ver el mundo) y petrificar al espectador? ¿Cómo haremos que la empatía por el dolor ajeno se vuelva colectiva? ¿Para qué mostramos las actuales exposiciones?, ¿de verdad buscamos extender la discusión o simplemente seguirnos viendo las mismas personas en bucle? Parecería que los museos están desesperados por ampliar su número de asistentes, pero jamás preguntamos qué observan estos en la obra y los textos de sala, y si han visto trastocada alguna de sus fibras sensibles.
Durante un buen tiempo creí que el arte era una oportunidad para vivir de la ilusión que otros mundos son posibles, pero ahora creo que, en realidad, es la exigencia de poder tener mínimos gestos congruentes con lo que somos y con las personas con las que colaboramos. La forma en la que producimos relaciones tanto de producción como de exhibición es fundamental y en ellas encontraremos un cierto anclaje colectivo que nos hará ser un poco más libres sobre eso que mostramos.

La verdad es que esta es una suerte de derrota porque es evidente que todo aquello que hacemos en el arte es inútil en el mundo real. Una profesión que por momentos es demasiado cansada, un sistema que continuamente acecha para confirmarnos que nada de lo que esté al alcance hará que las desapariciones forzadas, la guerra o cualquier atrocidad se detenga porque, evidentemente, las dolencias del mundo son mucho más que una simple exposición o un insignificante texto. A esa sensación de pérdida le acompaña una especie de necedad de probarle al mundo sistémico que estaba equivocado y que por el contrario, cada intento estará cargado de una minúscula victoria, la posibilidad de sembrar algo en otra persona. Es decir, lo más complejo de todo esto es encontrar la forma de auto convencernos que esto vale la pena y es importante en tanto que se generan pequeños mundos, nuestro propio mundo; la forma en la cual mi cotidiano es narrado e impactado por todo eso que me va ocurriendo día a día. Tal vez el destello, del cual se habla como mito, es la necesidad de llegar a personas fuera de la esfera del arte o las ciencias sociales y hacerles dudar sobre todo lo que ya daban por hecho.
En varias ocasiones artistas y teóricos me hablaban del “momento”, la ruptura abrupta de la romantización por el arte. Ahora sé que es aquel donde todo se pone en perspectiva y una deja de vivir del anhelo y corresponde poner en una balanza todo lo que lo conforma. Por momentos es una bestia que contundentemente reafiarma a un sistema ventajoso, cruel y feroz; hay que entrar en el juego y saber mover las fichas o simplemente apartarse. En otros momentos toca ser un aprovechado de la urgencia político-social para conseguir mayor viabilidad dentro del sistema, aquel que quiere y se dispone a hablar por otros a partir de la necesidad de posicionarse, e incluso hacer intentos fallidos por ser contestatarios e irónicamente, reconocidos. Formar parte de estas prácticas implica aceptar un sistema que necesita ser redimido, saldar una deuda con las distintas formas de violencia impuesta por quienes rigen y eligen qué se exhibe en galerías o museos, una deuda incluso histórica. Por el contrario, los que provenimos de lugares menos privilegiados (sin contactos o posición económica) nos toca reconocer un compromiso hacia el espectador o visitante, con las personas que no tienen nada que ver con el arte y están cada vez más distintas e indiferentes con el museo y demás instituciones. Es decir, encontrar la posibilidad de ser lo suficientemente consistentes con nuestra postura frente al mundo (desde el medio o la forma que sea), sin permitir que una exigencia de mercado modifique esa sensibilidad y lograr, con un poco de suerte, que el espectador despierte de este sueño inerte en el que nos encontramos sumergidos, que esto que yo veo como necesidad, para el otro sea una invitación al cuestionamiento, al estado de consciencia y cimbrarlo hasta las fibras más sensibles, porque solo así, con estos gestos, habremos logrado una pequeña victoria con esta conversación anónima.
Engels en su libro Sobre el arte y la literatura escribe: “En una sociedad igualitaria, ya no habrá pintores, sino cuando mucho, hombres que entre otras cosas, pinten.” (Engels, 1938). Lo leí unos días después de mi viaje a Cherán, de la presentación sobre curaduría periférica con Maya Juracán en el Chopo y del asesinato. Tenía todo muy revuelto y por nombrarlo de alguna manera, muy enfurecido. La frustración de querer realizar acciones contundentes y no saber cómo. A la par, leí mucho a Rosario Castellanos y ahí entendí que no se trata de una comparativa moral de ver quien es más político, sino, más bien, dónde se encuentra la propia libertad, cuándo nos liberamos de la superioridad de ser vistos como “extraordinarios” y ser solo personas que sentimos necesidad de expresar, de decir algo, de resonar y desde un hilo imaginario, entablar una conversación con un otro desconocido. Creo que eso es el arte, una utopía que permite – al menos eso espero lograr– un propio lenguaje, de buscar un lugar para empujar de vuelta ese dolor, esa exigencia de la vida real (lo que sea que eso signifique) y sobre todo, de decirle a todos los que han pasado algún estrago de violencia que les recordamos y seguiremos insistiendo, como una forma de olvidar la realidad o de enfrentarla.
La forma que ahora lo veo, ser libre es simplemente decir con fuerza eso que me ocurre, desde mi propio lugar, desde todo aquello en lo que creo, de quienes me rodean y me abrazan, sin importar si eso tendrá una repercusión económica o no, no olvidar ni modificar mi forma de abordar el mundo por una necesidad del sistema. He decidido ser simplemente, una mecanógrafa de escritorio queriendo decir todo aquello que piensa y le revoluciona constantemente las entrañas, en un vaivén entre el cotidiano y la utopia.

Quizás no podemos acertar todo el tiempo ni permear de manera determinante a quienes nos leen u observan, pero, es una posibilidad de abrazar nuestra propia historia y sobre todo de entender que de alguna manera tenemos una responsabilidad con nuestras propias acciones, porque a diferencia de cualquier otra profesión, hemos elegido ser vistos y escuchados en mayor medida. Aunque gran parte de las preguntas siguen sin respuesta, evidentemente no es por falta de sensibilidad sobre el contexto social actual, sino más bien, que necesitamos huir de él, seguir siendo un poco absurdos y permitir(nos) hablar de videojuegos si nos place la gana.
Esta también es una elección, la de no ser activista, porque el arte o la teoría muchas veces solo existen en la idealización de escritorio, en la utopía “de la revolución o resistencia”, de un imaginario dibujado en letras. Las personas no dejarán de matar y ser homofóbicas por ver una pintura, un texto o una película, pero si de algo estoy convencida es que en la propia colectividad se despiertan inquietudes, nuevas conciencias y quizás a alguien le resuene nuestro actuar individual. Esa es la razón por la que aún sigo en el arte, porque me da sentido y me obliga una y otra vez a no ser inerte, a no olvidar, a exigirme ser congruente aunque cada vez se sienta más lejano.
Imagen destacada: Vista de la exposición de 2022 ¿Qué hacer? de Alfredo Jaar 2022 en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa). Tomada de Quadratin Oaxaca.
Mitzi Cuevas (n. 1995 Oaxaca de Juárez, Oaxaca). Curadora, gestora y archivista. Estudió la licenciatura en Artes Plásticas y Visuales por la Universidad Benito Juárez de Oaxaca. Los ejes principales de su investigación se centran en los movimientos sociales, estrategias económicas y críticas para colaboraciones horizontales entre artistas-artesanos y curaduría transdisciplinarias. Cuenta con múltiples diplomados en México y Argentina sobre coleccionismo, archivo, curaduría y gestión. Formó parte del Centro de Documentación Arkheia MUAC-UNAM como catalogadora e investigadora del fondo documental Visualidades y Movilización Social. Posteriormente, fungió como asistente curatorial de diversas exposiciones en la ciudad de Oaxaca. Actualmente coordina Taller ocho8, espacio dedicado a cuestionar prácticas tradicionales en Teotitlán del Valle, Oaxaca y funge como titular del departamento de investigación del Instituto de Patrimonio Cultural del Estado de Oaxaca. Es integrante del colectivo Cabalgata, proyecto que busca generar distintos encuentros para conversar, debatir y proponer otras formas de realizar profesionalización curatorial en espacios/territorios descentralizados.