Arqueología de una sartén: la vida privada como espacio curatorial

Manuel Guerrero <3

El pasado 6 de mayo “Marejada. Indisciplina con perspectiva de género” —proyecto fundado por Paola Eguiluz y Getsemaní Guevara— presentó en su perfil de Instagram la exposición Arqueología de una sartén, en la que se revisa una nueva forma de entender el espacio doméstico a raíz de la emergencia sanitaria, en la cual el tiempo de convivencia familiar y el contacto vía redes sociales se ha intensificado.

A partir  una valoración del refrigerador como espacio expositivo —cuya puerta se utiliza para colocar objetos significativos dentro de nuestras historias personales— y de la sartén como un símbolo relacionado a las labores de la mujer en la historia,  que se ha transformado en un ícono de lucha o hasta en un instrumento musical,  la muestra presenta distintos tipos de imágenes y material audiovisual, cuyo origen no está estrictamente relacionado con el campo del arte: en cada publicación podemos ver fotografías tomadas de videojuegos, anuncios publicitarios, pinturas y también fragmentos de programas de televisión, solo por mencionar algunos. 

Es cierto que Marejada no es el primer proyecto en México que plantea un programa expositivo para una red social, pero considero pertinente tratar su caso porque revela la importancia de la curaduría en medio de un panorama digital que se nutre de miles de imágenes a cada minuto, algo que representa un reto y a la vez un campo poco explorado. 

Cuando se habla del potencial de las redes sociales para difundir la producción artística actual se suele caer en un lugar común: es claro que hoy en día contamos con varias páginas, perfiles y portafolios digitales repletos de proyectos, sin embargo, las plataformas no son suficientes para garantizar una difusión efectiva. 

No es secreto para nadie que Spotify, Netflix y un sinfín de compañías similares emplean una gran cantidad de recursos humanos y económicos para desarrollar filtros de contenidos, basados en nuestras preferencias y hábitos de consumo, a fin de retenernos como usuarios activos en sus plataformas. Sería difícil empatar esta labor con el trabajo curatorial que se hace en el arte, pero encuentro bastantes paralelismos que muestran —como lo señaló Michael Bhaskar en su libro Curaduría. El poder de la selección en un mundo de excesos— que una gran oferta visual no es interesante por sí misma. Lo que le brinda relevancia a los objetos en nuestras vidas es la selección y reordenamiento con un sentido particular.

Me tomé la libertad de plantear este panorama porque el trabajo expositivo que se está desarrollando en el perfil de Marejada no se puede entender sin el énfasis curatorial, el cual no sigue en absoluto los propósitos comerciales, sino que apuesta por otro tipo de valor: el potencial que tienen las condiciones afectivas y personales de los objetos para articular memoria y un sentido de pertenencia social. 

En años pasados, tuve la oportunidad de ver dos exposiciones de Marejada que se presentaron de manera física dentro de su proyecto Muro Blanco —el mismo del cual se deriva la muestra actual— ideado con el fin de repensar los formatos expositivos dentro de las instituciones y descentralizar las propuestas curatoriales, en un área de 2.44 x 2.44 cm. Lejos de que las dimensiones resultaran una limitante, el proyecto dejó en claro algo que se suele obviar cuando se habla de exposiciones: los objetos construyen la noción de espacio. En este sentido, es irrelevante si el museo es enorme o si apenas excede el tamaño de una caja de zapatos —como la Nasubi Gallery de Tsuyoshi Ozawa en la década de 1990— lo que importa es lo que generan simbólicamente los objetos en la experiencia del público.

Menciono este dato porque no es un antecedente menor en la exposición que actualmente se presenta en Instagram: con Arqueología de una sartén, emergen las convenciones sociales,  y cualidades simbólicas que sustentan nuestra vida privada. 

Contra cualquier noción que nos invite a pensar que nuestras relaciones afectivas se articulan al margen de una colectividad numerosa y la historia, la curaduría de la exposición nos plantea dos alternativas a esta postura: por una parte, nos sugiere otra consideración de los espacios cotidianos como lugares de articulación cultural, que se pueden construir y deconstruir; por otro, visibiliza el hecho de que la cultura no surge de las instituciones ni de los espacios hegemónicos, sino del propio espacio que significamos a partir de nuestra existencia colectiva, cuya importancia se ha infravalorado y que, de alguna forma, se volvió históricamente periférico.

Para articular la exposición en sus seis ejes temáticos, Arqueología de una sartén se apropia de Instagram y recurre al espíritu con el que nació la red social: contar nuestra vida diaria a través de imágenes. Sin embargo para hacerlo no se apoya en la producción de nuevas fotografías, sino que utiliza la plataforma para reunirlas, seleccionarlas y mostrarlas. En este sentido, el trabajo curatorial que emprende Marejada se desprende de los esquemas académicos que envuelven a esta práctica para explorar cómo el entorno digital nos sirve para entender nuestra realidad —desde su compleja y caótica circunstancia.


Manuel Guerrero es Licenciado en Artes Visuales con Mención Honorífica por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido, Japón y España. A la par de la producción artística, ha escrito para más de doce plataformas dedicadas a la reseña y crítica de arte.

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