El dilema ético de los archivos. Hacia los diez años del proyecto Arde

🔥 Archivar es emitir un suspiro de esperanza. En la organización de los archivos se compromete una fuerza que excede cualquier racionalidad. Se asume que hay algo que se quiere descifrar, se vive día a día sostenido de una curiosidad insalvable, una duda existencial, un acertijo o misterio. Quien navega por kárdex o archivadores, lo hace suponiendo que las respuestas a esas preguntas yacen ancladas en el baúl de los recuerdos, en las cajas de Pandora, en las navidades pasadas, en el museo de los objetos olvidados. En los archivos se aguarda anhelante una revelación.

Ilustración de un ser con cabeza grande y ojos grandes sosteniendo documentos y un lápiz, con el texto 'TODXS TENEMOS DERECHO A CREAR ARCHIVOS' en la parte superior.

La primera vez que escuché hablar del Proyecto Arde fue de la boca de Claudia Rosales. Conozco a Claudia desde que fuera la apasionada directora del taller de teatro de mi infancia. Una tarde de invierno me contó que estaba pronta a salir una entrevista que le habían hecho por su carrera como actriz y creadora de la Compañía Gran Bufanda en Valdivia al sur de Chile. Me emocionó saber que una de mis personas favoritas se había convertido en “objeto de estudio” para un rescate patrimonial. 

Claudia me dijo que Constanza Alvarado se había contactado para bucear en el pozo de los recuerdos en búsqueda de las obras que había realizado desde la década de los ochenta del siglo pasado. Constanza formaba parte de un colectivo de mujeres archiveras, investigadoras, gestoras y activistas agrupadas bajo el rótulo de Proyecto Arde. Ellas son Javiera Brignardello, Katha Eitner, Pía Gutiérrez, Fabiola Neira y la citada Constanza Alvarado. Claudia me habló con alegría de lo cuidadosas y empáticas que fueron con su memoria, conocimiento y, finalmente, con su vida. 

Dos mujeres sentadas en una mesa de comedor, conversando en un ambiente acogedor. Hay una cámara enfocada en ellas y decoraciones en el fondo.
Constanza Alvarado entrevistando a Claudia Rosales para el proyecto Huellas Mujeres de Arde, Valdivia, diciembre de 2021.

Proyecto Arde es una plataforma digital que comenzó recopilando, organizando y difundiendo archivos de las artes escénicas y que paulatinamente se ha ido ampliando a otras disciplinas. En su sitio web www.proyectoarde.org se puede consultar, en la sección Colecciones, la agrupación “Archivos de Claudia Rosales” compuesta por 32 entradas que incluyen textos dramáticos originales, afiches, folletos, fotografías, cápsulas audiovisuales, notas de prensa, y documentos administrativos de la Compañía Gran Bufanda. Lo curioso es que la propuesta escénica de la compañía coincidía en sus métodos y temáticas con la apuesta por la memoria de Arde. Sus piezas teatrales han sido una forma de pensar el pasado del sur de Chile. En sus escenas suelen aparecer personajes omitidos de la vida citadina –El Paso del Chaucha Brujas, la Lala y otras historias urbanas de Valdivia (2007-2008)–, la epopeya del tiempo en el lugar –La ciudad de las murallas invisibles (2009)–, o los conflictos de lo femenino en los procesos coloniales –Heroínas secretas (2011). 

Artículo de periódico sobre la obra 'El paso del Chauchá Bruja, la Lala y otras historias urbanas de Valdivia', dirigida por Claudia Rosales, con detalles del preestreno y la ubicación.
Recorte de prensa sobre la obra El paso del Chaucha brujas, la Lala y otras historias urbanas de Valdivia, dirigida por Claudia Rosales, Compañía Granbufanda. En imagen Maha Vial, actriz y poeta chilena, quien interpretaba a «la Lala». Sección Cultura y Espectáculos de El Diario Austral de Valdivia. Función especial para prensa. Fuente: Colección Claudia Rosales en www.proyectoarde.org 

Así, Arde ha logrado abrir el universo creativo de obras teatrales creadas en el sur del mundo y, por ende, enfocarse en una de las zonas creativas menos representadas por la historia oficial. Un verdadero acto político. Sin embargo, ¿por qué un colectivo de archiveras se identifica con la imagen del fuego para hablar del custodio de las huellas del pasado?

El colectivo Arde tuvo su lanzamiento oficial la tarde del 17 de abril de 2018 en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), en Santiago de Chile. En su presentación se dieron a conocer seis colecciones documentales vinculadas a diversas prácticas escénicas del país: las de las compañías Teatro Niño Proletario, La Patogallina, Colectivo Zoológico y Teatro del Pueblo, junto con los archivos de los diseñadores escénicos Catalina Devia y Sergio Zapata. 

Grupo de personas posando para una foto en un evento cultural, sonriendo y mostrando entusiasmo.
Lanzamiento de la plataforma de Arde en GAM, abril 2018. En la foto, el equipo de Arde aparece junto a estudiantes y a diversos artistas y agentes culturales. 

La mañana de ese mismo día otoñal, a 850 kilómetros al sur de la capital, un grupo de estudiantes de la Universidad Austral de Chile comenzó un ciclo de protestas en respuesta al caso de acoso sexual de uno de los académicos de la casa de estudios. Las estudiantes se manifestaron por la manera en que la institución había reaccionado a la denuncia con una simple “reubicación” del académico en cuestión. Este hecho encendió la llama del descontento e inauguró un año marcado por protestas feministas contra el trato, la discriminación y los abusos sufridos durante décadas por alumnas y académicas. 

Esta llama de descontento social, malestar o crítica, se sentía con fuerza desde hace años y no había sido tomada en consideración seriamente hasta cuando encontró su punto de ignición más alto durante el estallido social de octubre de 2019. En los primeros meses de este proceso comenzó a circular la expresión “que arda Chile” como una manera de sintetizar la crítica radical al modelo heredado de la dictadura militar. Decir “que arda Chile” era expresar una crítica a la transición política, al éxito de los jaguares de los 90 y al socialismo de la era Lagos-Bachelet. Sin embargo, la frase era enunciada por una juventud altamente educada y respaldada por el crecimiento institucional de esas mismas décadas, es decir, una juventud avivada por la flama del pensamiento crítico de las universidades. La frase puede haber tenido enormes implicancias simbólicas, pero tuvo efectos concretos sobre el patrimonio arquitectónico del centro de la capital y de gran parte de las ciudades del país.

Bomberos luchando contra un incendio en un edificio con llamas y humo visible en la noche.
Incendio en Museo Violeta Parra, 2020 – Agencia Uno

Para el mundo de los archivos, el fuego es un cataclismo. Su emergencia y expansión lo amenazan todo: las frágiles huellas del pasado, los respaldos digitales, las paredes que protegen de las condiciones climáticas. Por desidia y abandono puede prevalecer una desaparición desoladora, como fue el caso del incendio en el Museo Nacional de Brasil, en Río de Janeiro, el 2 de septiembre de 2018. En otro contexto, pero también bajo el signo del fuego, en Chile las llamas de la crítica al sistema alcanzaron edificios patrimoniales como la Iglesia de la Veracruz, así como instituciones culturales como el Museo Violeta Parra, el Centro Cultural Arte Alameda o el GAM, lugar que solo un año antes había acogido el lanzamiento de Proyecto Arde.

Hablar del fuego resulta sintomático de la situación de los archivos, el patrimonio y la memoria en el Chile reciente. El revival del cuidado, el rescate, la reconexión con lo destruído, corroído e incendiado tiene su símbolo en la Iglesia de la Veracruz, en la calle Lastarria. Los transeúntes, feligreses o herejes, se congregan a admirar la epidermis del descontento social. Una iglesia expuesta con su piel dañada, con las cáscaras del voraz fuego, con una Virgen y un Cristo negros. Una epidermis que arde. Las iniciativas de  memoria como Arde, ¿cómo responden al giro conservador de una sociedad cansada de epítomes del tipo “que arda todo”? ¿Cómo mantienen la distancia crítica con los valores tradicionales asociados al pasado sin ignorar, al mismo tiempo, los vínculos afectivos que conectan a la sociedad con sus antepasados?

Arde coincide con el surgimiento de una conciencia archivística. Una década antes de su aparición, a inicios de los 2000, el interés por los archivos comenzó a expandirse desde instituciones republicanas como la Biblioteca Nacional, con su programa Memoria Chilena (2003), o el Archivo Nacional, con Memorias del siglo XX (2007), hacia nuevas iniciativas como el Centro del Patrimonio Fotográfico (Cenfoto), la Cineteca Nacional, el Centro de Documentación de las Artes Visuales y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Durante la década previa al origen de Arde se cimentaron las bases para el cuidado y la difusión de las frágiles huellas de una producción cultural que permanecía desconocida o que incluso se pensaba desaparecida. 

Invitación al lanzamiento de Arde, archivo de procesos artísticos, que se llevará a cabo el 17 de abril en Biblio GAM, Santiago. Incluye detalles sobre la comunidad digital y las colecciones participantes.
 Invitación a lanzamiento de Arde en Gam, abril 2018

Estas bases han reconocido tanto la realidad de un país carente de recursos e infraestructura para alcanzar los estándares de las instituciones del norte global —un contexto precario y volátil— como la proliferación  de una multiplicidad de proyectos independientes, locales y autogestionados en los más diversos rincones del angosto territorio. La fragilidad de las instituciones republicanas, ya sea por ausencia de tradición, por temor a los desastres socionaturales o por desidia, no ha impedido la creación de una red alternativa que ha logrado entusiasmar a la sociedad civil con el valor de los archivos. A través de repositorios digitales, como enterreno.com, o de plataformas participativas como Proyecta Memoria, los archivos se han vuelto “cool” en la medida en que se distancian del peso de un Estado-nación centralizado y dominante.

Para las disciplinas de la investigación histórica, estos años representan un desborde de los diques que contenían el canon del arte en Chile. Cuando ese canon comenzó a disolverse, hicieron su aparición voces olvidadas y, con ello, nuevas y distintas perspectivas sobre las prácticas artísticas. Esto se puede reconocer en las publicaciones de Paulina Varas, sobre Luz Donoso; de Jennifer McColl, sobre Carmen Beuchat y Silvia Palacio Whitman; de Cynthia Shuffer, sobre Kena Lorenzini; de Amalia Cross, sobre Álvaro Guevara; de Ariel Richards, sobre Gordon Matta-Clark, o bien, el trabajo de recuperación sobre las escenas regionales de Concepción y Valdivia que han llevado a cabo investigadoras/es como Javier Ramírez Hinrichsen, Bárbara Lama, Gonzalo Medina, Leslie Fernández, Natasha de Cortillas, Daniela Hermosilla y Gabriela Urrutia. 

Esta conciencia ha llegado para quedarse. Desde mi perspectiva, hay dos razones que lo explican. En primer lugar, la centralidad que han adquirido los archivos como fuentes fundamentales para construir nuevos relatos históricos, permitiendo incorporar ángulos obviados y voces negadas, así como explorar sus posibilidades creativas, expresivas y experimentales. En segundo lugar, esta conciencia ha impulsado prácticas participativas que fortalecen el sentido colectivo de la memoria. De este modo, los archivos han transitado desde su condición de fortaleza, atalaya o mausoleo —encerrados en los muros de bibliotecas y museos— para convertirse en piezas activas del engranaje colectivo.

Cinco mujeres de pie en un espacio interior, todas vestidas de negro, con un fondo de paneles decorativos.
Colectivo Arde, de izquierda a derecha: Fabiola Neira, Pía Gutiérrez, Constanza Alvarado, Katha Eitner y Javiera Brignardello. 

Desde su aparición en 2018, Arde ha dado un paso más respecto del sentido social de los archivos. Su perspectiva da cuenta de un interés expandido desde el rescate, la conservación y restauración, hacia el debate, la crítica y, especialmente, dirigido a la pregunta ética sobre los archivos: ¿cuál es su sentido dentro de la sociedad? Una sociedad que pasa por un momento de fractura y polarización sintetizado en la frase “que arda Chile”, ¿qué representa esta conciencia archivística para el mundo contemporáneo, para América Latina o para el sur global?

Latidos corresponde a una de las secciones del sitio web de Arde dedicada a discutir ejes conceptuales sobre los archivos: “archivo postcustodial”, “tecnopolíticas de archivo”, “archivos, género y afectos”, “poéticas de archivo” y “archivos y naturaleza”. Es su apuesta más reciente para abrir debates a partir de lineamientos conceptuales. Estos ejes abren la conversación hacia un campo más amplio que la historia del arte en Chile. Invitan a reflexionar sobre los archivos como nudos críticos en la cultura y el pensamiento contemporáneo con autores y fuentes del Sur Global, de las humanidades digitales y del discurso decolonial. Esto ha permitido que Arde transite para convertirse en una plataforma que, desde América Latina, abre la discusión y amplía el giro de los repositorios, centros de documentación y acervos. 

Este salto se ha producido desde la editorialidad, la curaduría y la cultura digital en sintonía con proyectos como el “Concurso de Ensayos” del CEDOC, el concurso de “Anticipos” de D21, las becas de investigación de Il Posto, los encuentros de discusión como el “Laboratorio Nacional de Archivos de Arte” o “Vestigio Futuro: Encuentro Internacional Memoria y Patrimonios Disidentes”. 

Collage de entrevistas y obras de arte en diversas presentaciones visuales y textuales.
Muestra de contenidos desarrollados en el proyecto Los Archivos Laten, parte de la sección Latidos de la plataforma www.proyectoarde.org.

La sección Latidos de Arde ha abierto la conversación en un formato más dúctil, híbrido, complejo, combinando ensayos breves, entrevistas, cápsulas audiovisuales y piezas artísticas, con invitados/as nacionales e internacionales. Ahora bien, en su interpelación a un público más amplio, en el sentido geográfico del término, ¿cómo concilia tanto la construcción de nuevos relatos como su rol articulador en una sociedad fracturada? 

El dilema al que se enfrenta Arde es, sobre todo, ético. En tanto portavoz de toda una generación de nuevos intérpretes para la historia cultural, carga con la responsabilidad de lo que significa sostener un repositorio vivo. Nutrir esas raíces que se han echado para que Gran Bufanda, y otras de sus colecciones, sirvan para leer el mundo desde otros ojos. Además, en la medida que la discusión local –y en cierta medida internacional– se debate entre el giro conservador y la transformación radical, Arde tiene una obligación con el tejido social que ha ido recomponiendo. Tal vez por lo mismo, Latidos es una fuerza que no puede diluirse en imaginar un cuerpo intelectual abstracto, global, transnacional y deslocalizado, sino que puede aspirar a incidir localmente en la memoria colectiva específica. Puede encontrar eco en los debates de la plaza, al calor de la discusión apasionada, sin rendirse a las fantasías restauradoras de un orden nunca existente, ni a las que buscan derrocar cada monumento ecuestre.

Los archivos pueden aspirar a volverse fuentes para una historia del arte con vocación de ternura. Una mirada tierna, como lo ha sostenido Paz López, “le pone límites a la crueldad y también a la empatía, dos actitudes que se fraguan en el desprecio por lo distinto y ajeno (…) En ambos casos se trata de rociar veneno sobre esa enredadera que somos, que busca con alegría y paciencia esa pizca de luz que le permita dar vueltas sobre ese eje tan frágil que es la vida”. 

Los archivos se han de tomar como objetos preciados, reliquias complejas, fragmentos de vidas pasadas, evitando a toda costa ir a la saga de certezas incuestionables, verdades absolutas, respuestas definitivas. De su palpitar puede brotar un pensamiento ligero, libre, tierno. ¿Acaso no es este el espíritu de Latidos para un grupo de archiveras y gestoras agrupadas bajo el rótulo de Proyecto Arde

Ilustración de un corazón humano rodeado de elementos naturales como flores y hojas, con el texto 'ARCHÍVAME EN TU CORAZÓN' en la parte superior y una cita de J.L. Godard en la parte inferior.
Gráfica Archívame en tu corazón, desarrollada por Arde junto a los diseñadores Jordi Casanueva, Constanza Salazar y Francisco Espinoza, incluida en el fanzine ¿Cómo armar un archivo de procesos de creación artística?

Esa ternura es también un cuidado frente al cataclismo que representa el fuego para los archivos. Ese “rociar veneno”, en palabras de Paz López, no debe confundirse con un “que arda todo”. El temor a la desaparición de las huellas de las vidas pasadas, a su evanescencia para convertirse en humo negro y vapor contaminante, no puede volver el amor, el trabajo y la esperanza de los archivos en una esquizofrenia por “no tocar” propia de monumentos y mausoleos. Algo de esa pérdida, de esa combustión, de ese humo negro, es benigna. Esa incandescencia puede ser una llama en el pensamiento, en las ideas, en el diálogo y la interpelación hacia el pasado. Un combustible para archiveras que atesoran y cuidan lo pretérito en la forma de papeles, diarios, cuadernos y vestigios organizados en archivos. 

En una década, Arde ha transitado con amor por un presente que asemeja un oscuro bosque plagado de sombras amenazantes, y ha hecho su trabajo cual centinela encendiendo en su camino bujías que han expandido las fronteras del conocimiento. Así, la era de los cataclismos se vive al calor del fuego y con la esperanza de una reflexión crítica que abrace las contradicciones de ese humo negro que, a veces, puede otorgarle al pasado una pátina de incomprensible valor.



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