Aviones y girasoles. Dos argentinas varadas en México y repatriadas por mormones

Patricia Fogelman <3

Soy historiadora e investigadora del CONICET, Argentina. Viajé a México el 11 de febrero junto a mi pareja Victoria Polti, que es antropóloga y flautista. Las dos teníamos actividades académicas: conferencias y cursos en la UNAM primero y un congreso en la Facultad de Música, en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, después. Hasta el 11 de marzo todo transcurrió con normalidad. Más o menos en esos días empezaron percibirse las “gripes y resfríos dudosos” entre los participantes. Incluso, nosotras nos resfriamos y asustamos un poco pero no resultaba ser nada grave, sólo la incomodidad de generar miedo entre las personas con las que nos podríamos cruzar. 

Nuestro pasaje de regreso a Buenos Aires, Vía Aeroméxico, estaba fechado el 17 de marzo desde la Ciudad de México. Por eso, el (supuesto) final de nuestro viaje nos encontraba en un clima de nervios general por el reconocimiento oficial de que el Covid-19 había alcanzado el nivel de pandemia. Volvíamos desde Tuxtla para hacer pie en CDMX resfriadas, agotadas y preocupadas. Íbamos a hospedarnos por dos noches en un hotel que reservamos por internet, con una empresa muy conocida y que resultó ser una estafa: el hotel no tenía ventana, el cuarto era diminuto, la humedad era mucha y no estábamos bien de salud, así que cancelamos y fuimos enfrente, a ver uno mejor que el mismo hospedero nos estaba sugiriendo. Así, llegamos el 15 de marzo al Hotel Casa Moctezuma, en el barrio El Carmen (Coyoacán): era una antigua casa muy bien restaurada, con un bello jardín con una fuente y con un encargado sumamente correcto y eficaz. El lugar era de un nivel bastante más alto que lo previsto, pero como era por dos noches, ese gasto lo podíamos afrentar y, así, descansar y reponernos un poco del resfrío. Roberto (así se llama el encargado) nos acompañó a elegir el cuarto y nos quedamos con un estudio amplio, con cocina, muy luminoso y con ventanas que daban al jardín. No abrimos casi las valijas porque íbamos a irnos en dos días, nunca esperamos que el vuelo se cancelara: antes habíamos preguntado en el escritorio de Aeroméxico -cuando pasamos por el aeropuerto- y nos dijeron que “estaba todo normal”. 

La cuestión es que la cancelación del vuelo vino sin fecha de reprogramación y en medio de la paranoia del contagio, estar varadas nos generó una enorme angustia. Seguíamos resfriadas, lo que nos convertía en sospechosas de portar el virus, debíamos hacer gestiones de reprogramación o endoso de pasajes, necesitábamos ir a las oficinas de Aeroméxico porque no atendían los teléfonos ni respondían a través de las redes. Fuimos a una de las sucursales y los empleados no daban ninguna respuesta, montamos una escena (es cierto) y simplemente decían que el gobierno argentino había prohibido los vuelos comerciales (en ese momento, eso no era real) motivo por el cual la empresa no podría  reprogramar vuelos. Realmente no podíamos comprar nuevos pasajes en otra aerolínea, el hotel para nosotras se contaba en dólares (el dólar en Argentina se estaba disparando y, además, se nos sumaba el 30% de un impuesto argentino sobre gastos en el exterior), estábamos con las defensas bajas y más expuestas al contagio. Obviamente, nuestras coberturas médicas de viaje expiraron en el mismo momento que se canceló nuestro regreso. 

Fuimos, a pesar de todo eso, al Consulado Argentino en México. Tampoco allí había soluciones. El personal se veía tan estresado e impotente como nosotras. Salimos y tomamos un taxi al aeropuerto donde, en la oficina de Aeroméxico, reclamamos por nuestros billetes pero no había reprogramación ni endoso del vuelo a otras aerolíneas. Primero nos ignoraron, así que levantamos la voz, exigimos el reintegro o la reprogramación en voz muy alta, llamamos al responsable de la sección y vino… pero nos amenazó y llamó a seguridad del Aeropuerto. Nos filmamos y comunicamos con la Embajada mientras venía el guardia pero no ofrecieron ninguna ayuda. El policía nos llevaba a PROFECO pero no sabía explicarnos qué eran esas siglas. En el camino, googleamos y vimos que se trataba de una oficina de orientación y registros de reclamos para consumidores del aeropuerto. Cuando llegamos, simplemente había una mesa en un hall con un cartel, un hombre y una mujer que comían hamburguesas. No era una oficina. El hombre nos atiende con la boca llena y mala voluntad y nos dice que no tenemos que reclamar nada de Aeroméxico, porque “la empresa se reserva el derecho de no restituir los pasajes durante una situación excepcional, como la pandemia”, así que lamentablemente, habíamos perdido nuestros billetes. 

PROFECO no tenía ni libro de quejas. Era una especie de “fachada” (muy precaria, por cierto) en consuno con el sistema de seguridad (autoritario, pues nos había llevado con amenaza de ir detenidas si seguíamos protestando) y evidente connivencia con las aerolíneas. No obstante, Aeroméxico estaba vendiendo vuelos a otros destinos (había fila en la oficina) y culpaba al gobierno argentino de cerrar las fronteras para los vuelos comerciales. En realidad, eso no estaba sucediendo: Argentina recibía vuelos con ciudadanos argentinos pero a Aeroméxico no le convenía llevar vuelos incompletos pues debía dejar a los extranjeros fuera de los aviones. En vez de juntarnos a todos los argentinos con pasajes comprados y llenar algunos vuelos, Aeroméxico eligió cancelarlos dejándonos varados y no quiso endosar los pasajes a otras aerolíneas. Estábamos realmente en una crisis. Hubo gente con más recursos que compró pasajes en otras empresas y, poco después, esos vuelos también se fueron cancelando. Muchos llegaron a entrar vía Panamá o Chile, pero en los siguientes días las aerolíneas se sumaron a las cancelaciones y así algunos pagaron dos o tres pasajes y no consiguieron volver.

Nosotras no sabíamos cuándo iba a resolverse el regreso y la señora Zulema, dueña del Hotel Moctezuma, nos llamó para conversar. Nos explicó que por cuidado del personal de la casa y prevención para los huéspedes, el hotel iba a cerrar. Pero que entendía que no teníamos cómo ni a dónde irnos, y que iba a dejarnos alojadas a “hotel cerrado al público”, si eso queríamos, y al precio que pudiéramos pagarle. No iba a haber más desayunos ni personal de limpieza pero nos iban a dejar un kit para higiene del estudio y acceso a la cocina general del hotel. Su hija Valeria (que vive allí mismo) y Miguel, el casero o guardián, se quedarían también. Íbamos estar cómodas para hacer la cuarentena lo que fuera necesario. Recuerdo esta charla en el jardín del Moctezuma con verdadera emoción. Victoria y yo respiramos aliviadas, hicimos cuentas, agradecimos de corazón la hospitalidad y entonces sí, desarmamos las valijas.

Transcurrieron días de trámites y formularios para la embajada, el CONICET, Ministerio de Educación, la Universidad de Buenos Aires pero nadie ofrecía una solución. El gobierno argentino endurecía las medidas de cuidado interno con una cuarentena estricta y sí, las fronteras se cerraron menos para los vuelos de repatriación. Pero Aerolíneas Argentinas no llegaba a Ciudad de México, sí a Cancún, y allí se concentró la mayor presencia de varados. Llegamos a ser casi 1800 argentinos varados en México. Las listas de “repatriados” seguían siendo un secreto de la Embajada y veíamos por los grupos que se fueron organizando virtualmente que en ellas las prioridades de edad, salud, embarazadas, adultos con niños, no se estaban respetando. O sea, sin contactos no conseguías lugar en los vuelos de Aerolíneas Argentinas desde Cancún ni accedías a otros arreglos permitidos para entrar a nuestro país. Aeroméxico seguía sin darnos respuestas. Mientras nuestras familias y amigos desesperaban desde el encierro porteño pues allí el aislamiento estricto empezó bastante antes. Todo cambió con la pandemia y las personas estaban asustadas y alteradas. En ese contexto, yo preferí alejarme del contacto virtual y del celular tratando de serenarme un poco y habituarme a la situación. 

Empezábamos a acomodarnos al aislamiento. Hicimos compras más grandes de comida (ya no pensando en dos días), guardamos distancia social y empezamos a tomar trabajo a distancia desde Buenos Aires. Ya no estábamos resfriadas y teníamos una rara sensación contradictoria de querer regresar a casa y ver a nuestros afectos, pero ya estábamos mejor y teníamos un jardín lleno de pájaros. También nos preocupaba gastar un dinero que nos endeudaría en dólares y estar sin protección de un seguro médico frente a la posibilidad de contagiarnos.

Supimos que, a pesar de las duras restricciones del gobierno argentino frente a los vuelos comerciales, Cancillería había autorizado un vuelo organizado por la Iglesia de los Santos de los Últimos Días: la Iglesia de los Mormones.

Nos indignamos, pues esperábamos que autorizaran el ingreso de vuelos reprogramados. Eso ya no sucedía y un país laico como Argentina dejaba a sus ciudadanos varados en el exterior pero abría puertas a un conjunto de ciudadanos de otros países para ir a misionar… En ese contexto, una amiga de Victoria le ofrece ayuda: un “contacto” político directo con la Embajada en México. Dudamos seriamente porque nos parecía muy mal pero, por otra parte, existía la posibilidad de quedarnos varadas hasta septiembre (mes estimado de apertura de fronteras en Argentina) y eso realmente era demasiado… Así que aceptamos la ayuda y la amiga pasó los datos de las dos para que nos incluyan juntes en la lista de ese vuelo. Cuando llamaron de la Embajada Argentina en México solamente figuraba Victoria para ser repatriada. Ella dijo que sin mí no viajaría y, por suerte, desde la Embajada Argentina decidieron incluirme en el vuelo de regreso de esa misma noche. Teníamos unas horas apenas para preparar el viaje. Desde la Embajada nos dejaron muy en claro que no era un vuelo de Aeroméxico, que “un padrecito de la Iglesia de los mormones rentó un avión de la empresa, pagó combustible y tripulación para enviar misioneros mormones a Argentina, que como vuelo humanitario que era, no hacía falta que pagásemos nuestros pasajes, no habría boletos pero sí deberíamos firmar una certificación desligando a la Iglesia de Mormón de cualquier inconveniente durante o después del vuelo”: sí, que se cayera el avión, que surgiera cualquier problema, que nos contagiáramos el virus… Ante la desesperación dijimos que sí, que muchas gracias y empacamos. La Embajada Argentina colocó alrededor de 90 personas en el vuelo de los mormones, se hicieron dos filas bien diferenciadas entre argentinos y misioneros, y nos dejaron embarcar primero. Los empleados del Consulado estaban allí, todos vestidos de blanco y con barbijos, asistiendo a la organización de los trámites de embarque. Se nos tomó recurrentemente la temperatura, firmamos papeles y subimos al avión. 

Los misioneros, en su mayoría hombres, eran de distintos países de Latinoamérica. Ellos llevaban saco y corbata, ellas unas faldas largas. Es verdad que estábamos preocupadas por la posibilidad de contagio en la cabina pero el vuelo fue muy tranquilo aunque un poco surreal. Los misioneros solamente cantaron para agradecer “al poder del Padre celestial” al aterrizar en Ezeiza. En ese sentido, nos sorprendieron pues temíamos un vuelo lleno de oraciones y cantos. Pero no.

Al llegar, el personal de aeropuerto nos dividieron en dos grandes grupos: quienes vivíamos en la Ciudad de Buenos Aires y quienes vivían en el conurbano y el interior del país. A nosotras, porteñas, tras pasar por Migraciones y recoger el equipaje nos subieron a un ómnibus y nos llevaron a un hotel de aislamiento estricto sin informarnos a dónde nos estaban llevando… El ómnibus estaba sucio y al llegar a un hotel contratado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, nos avisaron amablemente que no podíamos salir del cuarto ni al pasillo, y que había un auto con policías en la puerta del hotel porque otros ciudadanos habían intentado irse a sus casas. Que ni lo intentáramos… También nos dijeron que no tocáramos nada en los pasillos hasta el cuarto, solamente el botón del ascensor con el codo para no contaminar y poner en riesgo a otros y que, una vez en nuestra habitación, nos dejarían las comidas en una bandeja, en la puerta. Sólo podríamos asomarnos con tapabocas para recogerla y devolverla. Estaba prohibido hacer contacto con los “voluntarios” que nos asistirían puerta de por medio. Lo peor no era el encierro riguroso bajo amenaza policial, sino que el cuarto y el baño estaban sucios. Muy sucios. Sucedió que se restringía el personal de limpieza para no ponerlo en riesgo pero se hacía muy plausible que nos contagiásemos allí mismo el virus (de hecho, a los pocos días nos enteramos de que hubo por lo menos un infectado de Covid-19 en el avión en el que viajamos). Usamos alcohol en gel que llevamos de México para limpiar todas las superficies de contacto y recién el cuarto día nos dieron escoba, balde, secador de pisos y pudimos limpiar el piso a fondo y relajarnos un poco: daba miedo bajarse de la cama descalzas o que una sábana se deslizara durante el sueño, hasta el suelo. En el séptimo día nos hicieron un hisopado y al día siguiente nos dejaron continuar el aislamiento estricto en mi casa. Allí fuimos y completamos la quincena obligada.

Fue una experiencia extraña, que no imaginamos nunca atravesar. Fue mucho tiempo aisladas pero juntas, en distintas fases de cuarentena. A pesar de sentirnos vulnerables, en México tuvimos la suerte de encontrar gente solidaria que, sin conocernos, nos abrió las puertas y nos brindó cobijo. Nunca vamos a olvidar ese gesto: les visitaremos en la próxima vuelta (cuando la pandemia ya sea historia) y brindaremos por la sororidad que -así lo pensamos- fue lo que inspiró a Zulema a albergarnos en Casa Moctezuma compartiendo el jardín y los pájaros con Valeria, y al cuidado de Miguel quien -justo la mañana antes de recibir el llamado de la Embajada- nos vio tristes y nos regaló un ramo de girasoles. No pudimos traerlos en el avión pero tomé unas fotos hermosas y nunca voy a olvidar ese gesto propiciatorio de alegría.


Patricia Alejandra Fogelman es historiadore, gestore cultural e investigadore Independiente en el CONICET. Realizó su doctorado en cotutela en la UBA y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y cuatro post-doctorados en universidades del exterior (Brasil y Francia). También es docente universitarie. Dicta Historia de Brasil en la FFyL de la UBA y es Coordinadore de dos equipos de investigación internacionales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s