Un corazón atravesado por Los Andes

Estas reflexiones ya cumplirán un año, surgieron cuando El lenguaje de la esquirla, exposición de Rocío González Rosas, se presentó en el espacio La Verdi en Ciudad de México del 13 de septiembre al 31 de octubre del 2025. Y pese a los vaivenes de las mareas del tiempo, estas cobran nuevos significados que se adosan a los pensamientos plantados en ese otoño.

Vista de varios objetos colgantes coloridos en un ambiente iluminado, con texturas y formas sinuosas.
 “Sistemas de invocación”, detalle, 2025. Rocío González Rosas. Fotografía Fernanda Acosta.

En una época plagada de noticias desesperanzadoras, pienso en la potencia de la imaginación y la posibilidad de vidas alternativas a la inminente destrucción alimentada por la sequía y el algoritmo. El scroll cotidiano parece ir formando una fractura invisible entre la marea de las marcas y sus comerciales; el genocidio en Palestina en vivo; las y los desaparecidos defensores de la naturaleza. En una pieza disarmónica y disonante surge este siglo inentendible para mí.

Así, entre lo que parece comunicación, la desconexión con el momento actual estalla en nuestra poca capacidad de presencia en el mundo sensible. Uno de los caminos posibles se encuentra en el ritmo de la contemplación, grieta donde nace la poesía, allí tiende un puente la obra que he conocido de Rocío; de herencia sanguínea de escritor. Ella estampa un relato en sus obras que invitan a interpretaciones polisémicas: versos se abren en un prisma multicolor.

Dos cuadros enmarcados con bordados coloridos sobre fondo de yute. El cuadro de la izquierda presenta un diseño de picos en tonos verdes y azules, mientras que el de la derecha muestra un patrón de flores y líneas en varios colores.
“Al interior de las cuevas la luz cae vertical” y “Vienen y van: se tuercen, se enredan, nunca terminan ni comienzan”, 2025. Rocío González Rosas, bordado sobre saco de yute. Fotografía Rocío González Rosas.

En El lenguaje de la esquirla, la sala pudo pensarse como un gran vientre que albergaba textiles e instrumentos que nos remiten a las comunicaciones de los vasófonos de nuestra infancia e instrumentos musicales aerófonos. Las obras se desplegaron a veces en espiral, a veces zigzagueantes, en una paradoja de lo continuo y lo fracturado. Los instrumentos comunicantes sugirieron a una médium-artista; una actividad contraproductiva para la maquinaria del progresismo y un ejercicio decolonial de una memoria del tejer la vida retomando el tiempo desde su circularidad.


Cuando decidí mudarme a México, mis amistades valdivianas me hablaron de Rocío González, la Roki: una artista visual chilena y radicada hacía años en Ciudad de México. Al revisar su trabajo, me encontré con una cazuela fascinante de objetos; cazuela polisémica en tanto se entiende como vasija en el territorio mexicano y como un plato contundente parecido a un puchero en Chile. En su obra aparece a través de los colores la reflexión y autoconciencia de la inestabilidad, reinterpretando lo ornamental a partir de la fragmentación y repetición de elementos, en un gesto que recuerda a las poéticas neobarrocas y neobarrosas.1

      Las obras reflejan la apuesta de Rocío por enlazar mensajes con materiales que van desde lo orgánico vegetal hacia la lentejuela y los objetos neón de un tianguis que visita cualquier fin de semana. La Roki mezcla de forma indistinta lanas chilenas, mexas y chinas. Teje mientras conversa y se inspira en programas de dragas que revisita como telenovela del mediodía. Es la valentía y furia de una planta sureña que crece bajo cero y en ola de calor, mientras al lado una plantación de pinos seca la tierra. Somos las sureñas criadas como yeguas en el barro. Saltando cercos de púas y de voltajes, los conectores de Roki guardan reminiscencias del magma del cinturón de fuego. Allá nuestro hábitat del cono sur.  

Cuerdas de colores vibrantes en una instalación artística, con un diseño creativo y un detalle floral en la parte superior.
Vista de una instalación artística en la que se destacan espirales negras, un objeto reflectante en forma circular y una esfera de cristal suspendida.

“Sistemas de invocación”, detalles, 2025. Rocío González Rosas. Instalación. Fotografía Fernanda Acosta.

Los Sistemas de invocación, conectores que formaron parte de la exhibición guardan una relación espiritual con el sur austral, se asemejan a las trutrukas, instrumentos ceremoniales mapuche empleados en rituales como el nguillatún o como grito de guerra. Rememoro lo sagrado de las trutrukas e imagino los conectores comunicándose con los espíritus de abundancia y con la humanidad. Además, los Sistemas de invocación presentan piedras minerales en sus puntas lo que refuerza esa idea de la conexión con la tierra y su densidad. 


A principios de agosto me mostró su obra Voltajes de la Cordillera inspirada en la Cordillera de los Andes: la misma que vemos cuando volvemos a Chile, pero extraída de su memoria, reinterpretada en su estilo y bordada con lanas de múltiples colores. Instintivamente, al verla abracé esa geografía textil—casi como si abrazara el sur—ante la mirada preocupada de Roki por la integridad de su obra. Quiero aclarar que la cordillera sigue en perfecto estado. Pienso que su obra es, justamente, un abrazo al corazón migrante; un juego de alegre resistencia para mirar al infinito. Pues aunque nómadas, hay un lugar de origen que de alguna forma signa, atraviesa y deja su huella en la que la artista va dejando esquirlas por donde transita. Un hogar que se lleva a todas partes. 

Obra de arte de tela tejida que representa montañas coloridas en tonos brillantes, enmarcada en un marco plateado. Hay una luz iluminando la obra desde un lado.
“Voltajes de la cordillera”, 2025. Rocío González Rosas. Bordado sobre saco de yute. Fotografía Fernanda Acosta.

Comencé estas reflexiones desde que conocí su obra en presentaciones que Rocío realizó en la Universidad de Xalapa, en las visitas a su hogar y posteriormente, en las carreteras chilenas, en esa distancia o (re)acercamiento al punto de origen. Parece ser que el arte migrante, nómada y multiterritorial de Roki se despliega como un mosaico cromático que contrasta con el gris que cubre casi todo el año su tierra natal, la pre-Patagonia en el sur. Un alma viajera encuentra en el tránsito una empatía consigo misma y con el universo, mientras va recogiendo formas que dialogan con quien observa, en este caso la artista como canal. 

Rocío conecta lana a minerales que guardan toda la historia del río del cielo o Wenu Lewfü en mapudungun (la Vía Láctea) y quizá hasta de otros planetas. 

El extractivismo es una forma de ecocidio: la muerte de nuestro cordón umbilical frente al cosmos. ¿Cómo resistirlo? Una ventana es que aún seamos capaces de corazonar2 frente a ese dolor; lo que parece una amputación espiritual puede ser sólo un repliegue de la ola. A veces, cuesta respirar el cielo; se nos seca la piel. Entonces, creo que las esquirlas nos devienen en mutantes capaces de sostener la esperanza frente al viejo mundo que se derrumba mientras acontece el porvenir.


  1. Término acuñado por Néstor Perlongher en el que redefine el neobarroco latinoamericano desde el cono sur, la escritura marginal, la disidencia sexual y política. ↩︎
  2. Término de Patricio Guerrero Arias que leí en su texto llamado CORAZONAR EL SENTIDO DE LAS EPISTEMOLOGÍAS DOMINANTES DESDE LAS SABIDURÍAS INSURGENTES, PARA CONSTRUIR SENTIDOS OTROS DE LA EXISTENCIA (2010). ↩︎

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