
Divagando entre el desierto de concreto y el mar de cosas a la venta en los tianquiztlis; archipiélagos momoztlis autónomos-semi-ilegales de tráfico de chácharas, me di cuenta de algo que había naturalizado, 𝓾𝓷𝓪 𝓹𝓻𝓮𝓼𝓮𝓷𝓬𝓲𝓪 𝓾𝓫𝓲𝓬𝓾𝓪 𝔂 𝓪𝓶𝓪𝓻𝓲𝓵𝓵𝓪, 𝓾𝓷𝓪 𝓹𝓻𝓮𝓼𝓮𝓷𝓬𝓲𝓪 𝓮𝓷 𝓪𝓹𝓪𝓻𝓲𝓮𝓷𝓬𝓲𝓪 𝓲𝓷𝓼𝓲𝓰𝓷𝓲𝓯𝓲𝓬𝓪𝓷𝓽𝓮 𝓮 𝓲𝓷𝓸𝓬𝓮𝓷𝓽𝓮.
Estos personajes secundarios habitan cualquier paisaje de la selva de símbolos del yermo gris. Se encuentran en cada rincón y esquina, camuflados en cualquier objeto, asimilados en cualquier personaje. Pese a su normalización, les identifiqué, en los tianquiztlis, puertos sin bahías, donde se cosecha mercancía de la basura; de las cosas robadas a personas físicas y morales; de la piratería traída de Catay que llena, a un bajo costo monetario -igual que su duración-, el hueco aspiracionista que la civilización del petróleo nos ha implantado a las mayorías. En estos puertos también se merca con cosas de segunda mano que ya no tienen valor de uso o sentimental para quienes lo desechan, conminados por la cultura del consumo; cosas de segunda mano recolectadas por desvencijadas camionetas que perifonean por las colonias:
“𝒔𝒆 𝒄𝒐𝒎𝒑𝒓𝒂𝒏 𝒄𝒐𝒍𝒄𝒉𝒐𝒏𝒆𝒔, 𝒕𝒂𝒎𝒃𝒐𝒓𝒆𝒔, 𝒓𝒆𝒇𝒓𝒊𝒈𝒆𝒓𝒂𝒅𝒐𝒓𝒆𝒔, 𝒆𝒔𝒕𝒖𝒇𝒂𝒔, 𝒍𝒂𝒗𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂𝒔, 𝒎𝒊𝒄𝒓𝒐𝒐𝒏𝒅𝒂𝒔 𝒐 𝒂𝒍𝒈𝒐 𝒅𝒆 𝒇𝒊𝒆𝒓𝒓𝒐 𝒗𝒊𝒆𝒋𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒗𝒆𝒏𝒅𝒂𝒏”.
registro fotográfico Minion, Selfis, 2019-21
¿Que cómo fui consciente de su presencia? Porque ellos me observaban en todo momento con sus grandes y tiernos ojos fijos, que te siguen a cualquier parte, mirándome con esa sonrisa que parece eterna. Sentí su mirada, carente de sentido, desde una playera que me susurró: “ᙖᥲᥒᥲᥒᥲ”con letras amarillo fluorescente; lo único que pude hacer fue verle fijamente igual que ella a mí. Mi rostro no respondió con sonrisa de vuelta. Este susurro fluorescente estaba escondido entre toneladas de algodón y poliéster, debajo de unas torres de 20 metros que transportan energía eléctrica en Iztapalapa. Justo ahí imaginé cómo habrán sido los tianquiztlis en estas tierras ancestrales antes de la llegada de quienes sentaron las bases para implantar en estas tierras el régimen de la civilización del petróleo. Antes se comerciaba alimentos, ropas y joyería autoproducidas localmente, ahora se comercian puros objetos desechados producidos en lugares lejanos.
Estos seres amarillos no son la excepción, en su mayoría se fabrican en Catay, una de las potencias en creación de basura. A estas entidades se les conoce como 𝕸𝒾𝖓𝒾𝖔𝓃𝖘. Esta ficción dirigida para niñxs, aparentemente inofensiva, es un sueño más de la industria del espectáculo, de la industria de la parcelación e implantación de imaginarios en el horizonte mental de los humanos.
registro fotográfico Minion, Selfis, 2019-21
Estos seres se definen por su sumisión existencial a un villano, son subalternos desmemoriados y vacíos de intenciones, son solamente unos subordinados de las voluntades de otrxs, son pequeños supervillanos incapaces de serlo fingidamente. Todo esto lo sé porque, después de nuestro encuentro, les busqué y encontré en DVD’s clon en el mismo tianquiztli. Son una ficción que ha okupado la imaginación y el espacio material de muchos seres.
Todo humano tiene la obligación constante de imaginarse su propia situación, y la cultura masiva de la civilización del petróleo ha concedido al humano contemporáneo la imposibilidad de construirse nuevos horizontes de realidad, sólo se nos ha impuesto la posibilidad de alimentarnos de nuestros problemas o distraernos de ellos. Más allá de la cotización bursátil, las creaciones y símbolos 𝖒𝒾𝖓𝒾𝖔𝓃𝖎𝓏𝖆𝒹𝖔𝓈 se han transformado en una reserva del acervo cultural del humano contemporáneo. Son un conocimiento sin compromiso, una autocolonización de la imaginación adulta: por medio del dominio del niñx, el grande se domina a sí mismx. El adulto que fomenta el consumo del Minion evade la realidad, viajando cada vez más adentro de sus propios traumas, un giro sin tornillo y un tornillo sin giro.
Estos personajes han sido incorporados a cada hogar, se cuelgan en cada pared, se abrazan en los plásticos y las almohadas, se transfiguran en bolsas, sandalias, tenis, camisetas, playeras, gorras, almohadas, trajes de baño, ropa interior, globos con helio, algodones de azúcar, publicidad para helados callejeros, juegos mecánicos de feria, alcancías de yeso, cubre parabrisas de carros, piñatas, obleas, sellos, pasteles, gelatinas, audífonos, vírgenes y un gran y potencial etcétera conforman nuestro ecosistema de chispas amarillas. La gran familia 𝕸𝒾𝖓𝒾𝖔𝓃, más allá de las fronteras y las ideologías, más acá de los odios, las diferencias y los dialectos nos rodean. Y yo recién me di cuenta.
registro fotográfico Minion, Selfis, 2019-21
Estamos arrojados al consumo, al servicio moral de fuerzas y procesos históricos que no nos pertenecen, que nos han limitado la imaginación desde el cosmocidio de nuestrxs ancestrxs hasta la sobrepoblación de minions. La industria cultural del Imperio ha realizado una especie de homologación-intercambio de su producción simbólica hacia la realidad misma, a tal punto que confundimos una con otra, la monopolización del imaginario simbólico habita el planeta como una neblina que nos atraviesa y nos nubla el paisaje. A través del minion la naturaleza artificial invade todo y coloniza el conjunto de relaciones sociales manchándolas de amarillo torpeza. Son una metamorfosis idoloclástica a la religión del ser sin propósito. Los minions predican una religión con imágenes, han remplazado-ampliado las vírgenes y los santos, pero ellos no dan misa de nada, más que balbuceos, balbuceos casi incomprensibles, de lo que susurran lo que mejor se les entiende es “ᙖᥲᥒᥲᥒᥲ”.


2022. Dibujo de serafín Minion a lápiz sobre papel fabriano + veladoras amarillas y azules + plátanos + espejo de obsidiana + juguetes y peluches de Minion + copas + flores + hojas de planta de plátano + taza de Minion + etcétera. 100 x 1.80 x 200
Selfis es unx creativx multidisciplinarix, sus plataformas de expresión van de la selfi, el diseño de espejos, la fotografía, entre otras expresiones. Sus reflexiones van entorno a la cultura popular mexicana y el entrecruce y tejido de la investigación de su identidad en los tiempos de la hipermediación de la realidad.









